Durante mis estudios en Nueva York tuve el privilegio de asistir al último concierto de Celia Cruz en el Parque Central, y me identifico con el sentimiento de respeto y admiración por la reina de nuestra música expuesto por la autora de Cubanos sin Celia Cruz. Conocí la música de Celia cuando, picado por la curiosidad de lo prohibido, le pedí a un amigo que me prestara un cassette de ella. Negar que Cuba estuviera en esa voz era imposible.
La autora del artículo señala con acierto que Cuba no es sólo la Isla. Se daña a la cultura cubana cuando una gloria como Celia Cruz recibe un tratamiento político, se le veta de la radio, y no se reconocen sus excepcionales méritos. Se daña a Cuba cuando a una cubana, como pasó con Celia —no importa cuán celebre fuera— se le impide visitar a su madre convaleciente en su tierra, lo haga el gobierno de Fidel Castro o el de George W. Bush.
De igual forma, creo que las validas reflexiones sobre la multiplicidad y riqueza de nuestra cultura son incompletas. Tanto como el Estado cubano, un sector minoritario, pero suficientemente poderoso, de sus oponentes ha tratado de escoger por sus conciudadanos lo que pertenece a nuestra nación y lo que podemos oír, en una especie de "partido de vanguardia" al revés.
Se daña a Cuba también cuando se arremete contra los que quieren asistir a una presentación de Los Van Van en Miami, cuando las organizaciones de extrema derecha del exilio hacen cabildeo para negar las visas a los ganadores del Grammy Latino que viven en Cuba, o se le niega la visa para un concierto a Carlos Varela, que representa las ansias de cambio e independencia intelectual de una generación de cubanos de la cual soy parte. Se daña a Cuba cuando se nos impide a los que crecimos amando con las canciones de Pablo Milanés, escucharlo en vivo. Cuba no se reduce a la isla pero la isla es parte esencial de Cuba.
Arturo López-Levy |