Salas y Quiroga llegó a Cuba a fines de noviembre, época del año en la que "ni molesta el calor, ni se percibe el frío". Eso le permitió pasear por las noches por los sitios más concurridos de La Habana. Cuenta que en la Plaza de Armas vio pasear "bellas y encantadoras criollas, con su cabellera descubierta, con su brazo desnudo, con sus ojos de fuego", y anota que "contemplarlas, a unas paseando, sentadas a las otras, y a las más, ricamente prendidas, en sus elegantes descubiertos quitrines es una delicia, a pocas comparable". Lo agradable de la temperatura predominante lo lleva a contrastar "esa brisa benigna y consoladora" que sopla por las tardes con el "clima ardiente en el cual llueve fuego" que, según los europeos, hace todo el año. Y apunta: "Entonces conocí cuán torpemente calumniamos los pueblos, unos a otros, y perdoné a Montesquieu y a Dickens, el haber calumniado a pueblo que no les era conocido". No estoy muy seguro, sin embargo, de que su opinión hubiese sido la misma de haber visitado la Isla en julio o agosto, cuando en Cuba literalmente llueve fuego.
Las observaciones de Salas y Quiroga acerca de la hospitalidad de los cubanos es la misma que la de muchos otros visitantes: "Nunca se cierran las puertas de aquellas casas, y raras veces los corazones de aquellos habitantes". Comenta que por escasas que sean las relaciones amistosas de un forastero con una familia, éste siempre es invitado a comer. Al respecto señala que "es fuerza convenir que el lujo en esta parte es excesivo. Casas hay y numerosas, en que a diario se sirve la mesa como si se debiera servir para un eterno festín". Se ocupa asimismo de los hábitos nocturnos de los habaneros, de sus salidas para asistir a la retreta, al teatro o simplemente "para gozar de las delicias de la noche". Recuerda, por último, la sorpresa que le causó saber que los bailes y saraos se acaban antes de las doce, "hora en que apenas un elegante se atreve a entrar en un baile en nuestra Europa". Reconoce, eso sí, que los de La Habana son muy animados, y expresa: "Para mí nada hay preferible a una muelle, lánguida, voluptuosa contradanza española. Herencia de nuestros padres, yo la desconocía; la primera vez que la vi bailar fue en las Antillas; confieso que me pareció más poética que nuestros fríos, sosos e insípidos rigodones". Y no duda en escribir este elogio: "En suma, yo creo que un hombre de genio podría idear un magnífico poema aéreo, fantástico, inspirador, escuchando los pagados compases de la orquesta, y viendo los pausados, muelles movimientos de una bella cubana, danzando una antigua contradanza española, traducida algún tanto al sistema de su naturaleza tropical".
Otro caso de visitante extranjero que llegó a la Isla con algunas referencias erradas fue el del famoso escritor norteamericano Richard Henry Dana (1815-1882). Recogió sus impresiones en un libro, To Cuba and Back (1857), que en su momento disfrutó de una gran popularidad en Estados Unidos. De esa obra son, por ejemplo, estos apuntes sobre la Plaza de Armas: "¡Cuán bella es la Plaza de Armas, con su jardín perfectamente cultivado delante del palacio del gobernador! En uno de sus ángulos es de ver una capilla edificada en el mismo lugar donde, bajo los auspicios de Cristóbal Colón, se celebró la primera misa en la Isla. Bello es también el Paseo de Isabel II, grandiosa avenida que se prolonga desde la ciudad hasta la bahía, con dobles paseos, así para los carruajes como para los peatones, sombreados por árboles que parecen gozar de un verdor perpetuo". Sus observaciones sobre la belleza de los dos sitios y sobre el verdor de la vegetación están muy bien, pero, ¿de dónde sacó Dana el dislate de que la primera misa se celebró "bajo los auspicios" del Almirante?
Observaciones no menos disparatadas desgrana en este otro párrafo: "Henos ante el magnífico teatro de Tacón; enseguida encontramos una hilera de casas altas, contrastando con la mayoría que tienen generalmente un solo piso. En la vida íntima hay que tener en cuenta que, por lo común, se duerme en catre sin colchones; que es peligroso dormir con las ventanas del aposento abiertas a causa de la variación atmosférica que se produce poco antes del alba; y que no es menos perjudicial caminar descalzo por el pavimento, gracias a ciertos insectos llamados niguas, que se introducen en la piel, ponen allí sus huevos y causan unos dolores insoportables". Qué puede uno decir de su afirmación de que en La Habana se duerme en catres sin colchones. Es cierto, por otro lado, que por las madrugadas en la Isla suele refrescar, incluso en verano, pero no al extremo de ser peligroso. ¿Y qué me dicen de las niguas en el pavimento? Es evidente que Dana no tenía la más remota idea sobre ese insecto, que sólo se encuentra en las zonas rurales. |