Pero no quiero ser injusto con el autor de To Cuba and Back, obra donde también se pueden hallar comentarios atinados, que se leen hoy con el interés de remitirse a costumbres y paisajes en gran medida ya desaparecidos. Dana cuenta, por ejemplo, que "a las ocho de la noche tiene lugar la retreta militar ante el palacio del gobernador. A pesar de lo apacible del sitio, ninguna señora del país abandona su carruaje; si alguna dama pasea a pie por la plaza, de fijo no es del país. El buen tono no permite que las señoras habaneras anden por calles, plazas ni paseos". Vuelve a referirse a ese hábito impuesto por la sociedad a las habaneras, cuando anota: "Cierra la noche, y empieza la hora del consumo en las tiendas, espléndidamente iluminadas por gas. Los carruajes van y vienen en todas direcciones y se detienen a la puerta de los bazares; las grandes damas no dejan por esto sus carruajes; los dependientes de las tiendas, y lo mismo los mozos de los cafés, las sirven sin necesidad de que se apeen". Y reproduzco, por último, estas palabras que no necesitan ser comentadas: "Nunca, en mi existencia, a pesar de mis innumerables viajes, he encontrado las horas de vida pintoresca, entretenida y agradable que gocé en San Cristóbal de La Habana".
Quiero cerrar con un texto muy curioso. Se trata del viaje imaginario que hizo quien se llamó a sí mismo "cubano sin haber estado en Cuba". Me refiero al escritor español (¿o debo decir catalán?) Eugenio D'Ors (1882-1954), que por ser hijo y nieto de cubanas, siempre se consideró compatriota nuestro: "Con decirle que el matiz antillano está presente en mi castellano todavía, está presente en el deje y acento, es decir, en algo más hondo que las mismas palabras". D'Ors no visitó la Isla, pero desde su infancia la soñó y entre sus recuerdos archivó la emoción con que escuchó recitar los poemas de Plácido y otros poetas románticos y patrióticos, las visitas a su casa del doctor Albarrán, las frutas y confituras enviadas desde Cuba, "con la dulzura diversa y ya viciosa de cocos, piñas y guayabas". Escribe que cuando cierra los ojos y piensa en su niñez, ve "confusamente un paisaje tropical, con grandes árboles de hoja lasciva y siestas decoradas sobre el azul, y figuras solícitas de hombres de color y abanicos de oscilación lenta y perfumada, manejados por manos que tienen el color de las azucenas marchitas". Azucenas eran además las flores que cada noviembre se ponían en el altar de la casa de campo en que pasaba los veranos. Refiere que en la estampa que había debajo de la imagen, "se veía una a modo de lancha o de canoa con dos hombrecitos en actitud de plegaria: un blanco y un negro". Y añade: "Los dos marineritos de la Virgen de la Caridad del Cobre decoran, en esta tan antigua y entrañable región de mi espíritu, todo un fondo común en que también están Pablo y Virginia, los paisajes de Bernardino de Saint-Pierre, la Saboya de Rousseau, la de Lamartine, los cuentos de Anderson y mil tesoros más". |