www.cubaencuentro.com Viernes, 18 de julio de 2003

 
  Parte 3/3
 
Una cárcel dentro de otra
El escritor cubano Félix Luis Viera habla de su experiencia como prisionero en las UMAP y acerca del proceso de gestación de su novela 'Un ciervo herido'.
por MIDIALA ROSALES ROSA, México D. F.
 

Mira, yo tenía 26 años cuando me quitaron el premio David, porque me salieron las UMAP. Me propusieron trabajar, mucho después, como director de la revista Signos, y a pesar de eso me salieron las UMAP. En 1986 yo tenía una relación íntima con una mujer, que tenía un alto cargo en un ministerio. Un día me dijo: no puedo seguir contigo, porque tú estuviste en las UMAP. Te estoy hablando cuando tengo ya 42 años. ¡Incluso con las mujeres me salen las UMAP! Y lo mismo me pasó con mi mujer de entonces, a quien después que me encerraron le dijeron: escoge, te quedas con él o el carné del partido. Y ella les contestó: me quedo con los dos. Y hay que ser valiente para con 19 años, con esa presión, decir semejante cosa, algo que nunca se me olvida y que siempre le agradeceré. Eso pasa en la novela y pasó en la vida real.

¿Qué fue lo más difícil de esa experiencia?

Hay dos momentos tremendos: cuando me llevan en el camión y veo que mi madre se queda llorando. Y el primer día que amanecí detrás de las alambradas. Todavía me siento mal. Después tuve muchas pesadillas y las tengo todavía. Siempre tuve tendencia al insomnio, pero después de eso se destapó y hasta hoy no puedo dormir si no me tomo dos pastillas. Pero algo terrible también era la humillación. Te humillaban con las cercas, con los castigos. ¡Los guajiritos que no sabían por qué estaban allí, que eran evangelistas, adventistas! Esos partían el alma. La gente más noble y buena que te puedas imaginar, que eran de las costas, de Encrucijada... Para ellos el castigo no era el trabajo duro del campo, porque a ese estaban acostumbrados. Lo que los hacía llorar eran sus animales, que extrañaban como si fueran su familia.

Yo creo que ese es el crimen más grande que cometieron. Para ellos era terrible estar encerrados. Y no había forma de escapar. En una carta que Armandito le escribe a su madre dice: "¿Huir hacia dónde? Si brincas esta cerca no has hecho más que entrar en otra. ¿Qué gana uno con arriesgarse a recibir un balazo en la noche por ir a ver a la mujer, al hijo o al amante homosexual unas horas, y después que te reprehendan y que te metan diez años más?". Y le pone una metáfora: "Quien en este país intente ser un escondido, no es más que un árbol corriendo por una avenida".

¿Exorcizaste tus demonios con la novela?

No. Me satisfizo saber que la experiencia sirvió para algo, que pude llevarla al papel, pero aspiro a que el valor de la novela vaya más allá del testimonial, que sea literario. Si es así, pues entonces me sentiría satisfecho. Y la novela no está escrita con odio. No guardo rencor ni odio. Creo que fue una cosa que pasó y como dice el narrador de la novela, ellos lo hicieron de buena fe, los que estaban allí se creyeron salvadores del mundo. Más bien fueron víctimas ellos también de una época. Yo siempre pensé que escribiría esa novela, o la publicaría el día en que hubiésemos logrado en Cuba la multiplicación de los panes y los peces, la libertad total y que todos viviésemos bien. Pensaba que ese día yo estaría también en el podio de las personas que habríamos llevado a cabo la implantación de un sistema positivo. No fue así y no es mi culpa.

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