Esa evocación tan entrañable está hecha, sin embargo, desde una nostalgia que no deja de ser crítica. Santa Cecilia no es tanto un canto elegíaco por una Habana desaparecida, como la reivindicación de unos valores que se han ido perdiendo, al ser sustituidos por otros más perecederos. Es esa Habana a la cual la fantasmagórica figura femenina se niega a renunciar, y su manera de decírnoslo es esa historia que cuenta una y otra vez.
Su gran amor por la ciudad queda brillantemente expresado en uno de los bocadillos finales: "La Habana será un infierno, pero es el mío. ¡De aquí no hay quien me mueva!". Porque eso es Santa Cecilia, "una declaración de amor más o menos desesperada y más o menos desesperanzada, pero declaración de amor". Lo apuntó el narrador Senel Paz en las notas que escribió para el programa del estreno de 1994, donde además señala: "Un texto así conjura los peligros. Ninguna ciudad que es amada de este modo corre peligros definitivos".
Ceremonia para una actriz desesperada, subtituló su obra Abilio Estévez, que la escribió por encargo de Galiano 108. El texto fue creado así a la medida exacta de Vivian Acosta, quien realiza uno de esos trabajos actorales que el espectador conserva en su memoria durante mucho tiempo. Acosta no requiere de cambios de vestuario ni maquillaje para convencernos de que es cada uno de los personajes (o fantasmas o lo que sean) a los que da vida. Con qué admirable dominio sale de uno para convertirse en el otro. Con cuánta facilidad pasa de la risa al dramatismo, del baile al lirismo reposado, de la gestualidad cotidiana al expresionismo más alucinado. Todo eso además lo realiza en un escenario desnudo, en donde apenas hay una silla, gracias a su talento y, sobre todo, a su apabullante técnica.
Esta última la ha adquirido Vivian Acosta a través del intenso entrenamiento sicofísico y de la investigación que ha hecho Galiano 108 en nuestra cultura y, en particular, en su zona de origen africano. En Santa Cecilia se pueden reconocer elementos pertenecientes a Grotowski, la danza y el Stanislavski menos apegado a la estética naturalista. Pero son también evidentes otros de origen parateatral, como el trance y las ceremonias rituales, en los cuales el grupo se ha nutrido para crear su propio estilo de actuación.
Es de allí de donde proceden la energía y los recursos que Vivian Acosta reelabora para que cristalicen en un trabajo interpretativo de una riqueza, un espectro de registros y matices y una expresividad sencillamente impresionantes. Su estupenda labor en la obra hace que una inflexión de la voz, una mirada, un gesto con el abanico o un pie a medio levantar se carguen de expresividad y de significado. Pero que nadie piense que se trata de un frío despliegue de técnica: virtuosismo técnico aparte, su interpretación está cargada de fuerza, emoción, desgarro, intensidad, dolor.
Como en todo monólogo, es la actriz quien en gran medida lleva el peso mayor de la representación. Mas sería injusto no reconocer lo mucho que Santa Cecilia debe a Carlos Repilado (diseño de luces), Juan Piñera (música) y José González (puesta en escena). Quienes vean la obra podrán comprobar cuánto aporta cada uno para conseguir ese balance integral de montaje redondo y sin fisuras que logra como saldo final Santa Cecilia.
Sólo me queda concluir esta reseña reiterando lo que he tratado de expresar en las líneas anteriores: quien desee regalarse con hora y pico de teatro excelente y en estado puro, no debe perderse la Santa Cecilia de Galiano 108. Les aseguro que recomendaciones como ésta no se hacen con mucha frecuencia. |