¿Por qué, sin embargo, aquella alusión tan conocida que señala a "Guillén (el bueno: el español)"? ¿Por qué este reproche envuelto en un adjetivo elemental, casi infantil, descifrable sólo en una experiencia previa, de cierta intimidad, que quien no estuviera al tanto de los entretelones de la amistad entre ambos difícilmente entendería? ¿Por qué no lo machacó con nombre y apellidos, no lo zurró como a Fernández Retamar, uno de los gestores de lo que recibió como un libelo?
Los lazos de amistad que unieron a Neruda y Guillén se rastrean, como se ha dicho, mucho antes de 1959. A mediados de los cuarenta, el creador de West Indies Ltd. visita Chile por primera vez, como parte de una larga gira latinoamericana. Si no siempre, muchas veces tendrá a Neruda como introductor y cicerone. Igual sucedería con Guillén en su Isla, a la que llegaría el artista de Residencia en la tierra en dos ocasiones. En una de sus estancias en la nación austral, el cubano enferma y será intervenido quirúrgicamente. Se recupera en casa de Neruda, donde su hermana Laura lo atiende con cariño, como se testifica en la biografía-crítica de Angel Augier.
En 1963, tres años antes de la carta y al presentarlo al público chileno, apunta Neruda "a su obra grande por su calidad y significado…", y añade: "yo lo saludo como mi amigo y hermano". Y quién sino Guillén llevó en La Habana "al poeta de América" a departir con los negros, con su música y sus penas. No en la forma, pero sí en el drama de los descendientes de Africa en Cuba enseña el camagüeyano su huella en la estrofa nerudiana Bailando con los negros.
Este es uno de los mensajes poéticos más estremecedores que sobre la explotación de la raza se haya concebido en cualquier lengua. Debe ser consecuencia de nuestros prejuicios que Son de Negros en Cuba, de Lorca, todos lo citen y recuerden, y apenas se hable del poema tremendo, incomparablemente superior del chileno. El del español fue un esguince estético; el de Neruda, además, fue un clamor de humanidad.
Gentes con numerosos valores —y otros sin tantos— firmarían el documento que cuestionaba la actitud revolucionaria y comunista de Neruda, pero de lo que no cabe duda es que a Guillén le resultó sumamente angustioso asentar allí su nombre, ya que así manifestaba, amén de una posición política, una ingratitud.
El escritor chileno Jorge Edwards, por otro lado, tuvo ocasión de observar el rechazo que Fidel Castro mostró hacia el bardo chileno y recuerda anécdotas muy gráficas al respecto. El "comandante" lo consideró un elemento de la intelectualidad burguesa de izquierda, no adscrito a la lucha armada, como su amigo Salvador Allende, como su Partido Comunista. Edwards conoció, por cierto, no solamente la irritación que provocaba Neruda en Castro, sino el paulatino desmedro de la simpatía de aquél por éste. El narrador logró calibrar en este punto a los dos. Conoció a Castro cuando trabajó como el primer diplomático de la Unidad Popular en Cuba (Persona non grata), y con mayor cercanía y hondura, desde luego, al lírico andino (Adiós, poeta).
Probablemente los orígenes del resquemor castrista se ubican desde la misma Canción de gesta, donde Neruda, al recordar el proceso de la fabricación del vino, traslada hazañas, en un poema titulado A Fidel Castro, a la masa innominada, la protagonista, la que no debía ser pedestal sobre el cual erigirse y dominar. Y lo peor es que Castro no conoce esto, sino que lo "sabrás". |