www.cubaencuentro.com Lunes, 13 de octubre de 2003

 
  Parte 3/4
 
Más allá de las ideologías
Pablo Neruda y Nicolás Guillén llegaron a ser grandes amigos. En el trigésimo aniversario de la muerte del chileno, se analiza el oscuro suceso que rompió esa relación.
por MIGUEL CABRERA PEñA, Santiago de Chile
 

El chileno dice que le ha traído una copa de vino de su tierra: "Esta llena de tantas esperanzas/ que al beberla sabrás que tu victoria/ es como el viejo vino de mi patria:/ no la hace un hombre sino muchos hombres/ y no una uva sino muchas plantas:/ y no es una gota sino muchos ríos:/ no un capitán sino muchas batallas…". Estas líneas eran una advertencia que Castro recogería como un reto.

Si Neruda en su último viaje a La Habana quedó "abandonado" por buen tiempo en el Hotel Nacional, el origen debe sindicarse no en la envidia de Guillén, sino en otros factores que no se solventaban, del lado del chileno, en la "discreción" de la disciplina partidista, y por parte del poder cubano en la conveniencia, a la sazón, de evitar un rompimiento.

Un analista atento reconocería que Guillén no formó parte real del poder en Cuba: era un resorte que cumplía y despachaba órdenes "de arriba", en su cuartel de la UNEAC. Fue, en todo caso, un señor feudal de territorio corto, pues además de la jerarquía del país, tuvo durante mucho tiempo encima al ministro de Cultura. Se dice que en sus días postreros, ya muy anciano y enfermo, deliraba amenazando a sus fantasmas con Armando Hart.

Desde principios de los sesenta se fraguaba una áspera controversia en el seno de la izquierda internacional, entre quienes creían en la viabilidad de la lucha guerrillera en pro de un cambio social y los que enarbolaban la prudencia aconsejada por los soviéticos. El obsceno recibimiento del Che a Neruda —con los pies sobre el buró— constituyó una expresión de esa divergencia.

Fue la dirección de la revolución cubana —aclararía en 1998 Fernández Retamar (Recuerdo a)— la que estimó conveniente la carta abierta como canal adecuado para la polémica. Neruda, pues, fue un pretexto, pagó con un dolor del que acaso nunca se repuso, con el vilipendio del sentido de su vida, la implementación de aquel debate. Retamar explica por qué fue Neruda escogido: a su altísimo rango artístico, añadía su rango político.

Mucho tiempo después de la muerte del chileno, el autor de Elegía a Jesús Menéndez respondería la alusión que mediante el nombre del poeta español Jorge Guillén le enviara el creador de Canto general. Le respondía también en sus memorias, en una especie de reconciliación con el amigo fallecido, una invitación extraña y no ausente de gracia. Contesta al adjetivo no expresado, malo, con otro reproche: el libro de Neruda no debió titularse Confieso que he vivido, sino confieso que he bebido, algo que le gustaba sin duda al poeta austral. "Eramos grandes amigos", termina Guillén.

Este quiso un reencuentro póstumo, a pesar de que Neruda prometió que nunca volvería a estrechar la mano de los firmantes, concientes e inconscientes, de la carta, lo cual mantuvo. Tal vez el isleño dio a entender que sólo bajo los efectos del alcohol pudo pensar Neruda que él había traicionado su amistad. Guillén actuó bajo obligación, bajo el peso y el poder de una circunstancia —para un hombre como él— inevitable. Y de esto Neruda también supo mucho. Edwards afirma que era "un tipo disciplinado, de partido". Tanto uno como el otro comulgaron siempre con la férrea, la vertical dictadura de sus respectivas organizaciones comunistas.

En 1966, estas entidades —sus genuflexiones en torno a ellas, las formas de actuar que venían apoyando y acatando desde décadas atrás— los distanciaron. Claro que había que haber bebido para no darse cuenta del detalle, consecuencia de sus propias historias personales. Para Guillén, la carta debió ser un escarceo olvidable, pues no excedía cierta lógica en el camino, empedrado de obediencias, seleccionado.

1. Inicio
2. ¿Por qué, sin embargo...?
3. El chileno dice que le ha traído...
4. No se podía aquilatar...
   
 
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