www.cubaencuentro.com Lunes, 13 de octubre de 2003

 
  Parte 4/4
 
Más allá de las ideologías
Pablo Neruda y Nicolás Guillén llegaron a ser grandes amigos. En el trigésimo aniversario de la muerte del chileno, se analiza el oscuro suceso que rompió esa relación.
por MIGUEL CABRERA PEñA, Santiago de Chile
 

No se podía aquilatar en ella nada personal, sino mandato político. Mirar este asunto con las pupilas de hoy es soslayar la laceración moral que implica ser militante comunista, donde la soberanía, el "yo" humano, desaparece bajo el peor nosotros, un nosotros de cofradía, un supuesto centralismo democrático que hay que entender como monopolio del Buró Político, al que el camagüeyano, por cierto, nunca perteneció.

¿Fue éste un traidor si se juzga en su ámbito, en la malla política y moral que lo envolvía? ¿Fue diferente la actitud de Neruda respecto a la de su compañero de otrora? Si el premio Nobel reconoció que él era incapaz de ser políticamente independiente, Edwards cuenta también que para Neruda resultaba imposible que los escritores hicieran esa carta sin una orden de Fidel, "que me escogió a mí como chivo expiatorio". Si partimos de esta idea, y sobre todo de la palabra "orden", encuentra sentido que mencionara a Retamar como "sargento", uno de los jefes de la operación, en tanto le endilga a otro el mote de "coronel literario" (¿acaso Guillén?).

Detrás de la "orden", de estos grados militares, estaba el "comandante en jefe". Pero Neruda no podía ser más explícito. Criticar expresamente a Castro era entonces insultar a la revolución cubana, una postura entonces suicida en un militante comunistachileno. Neruda no ataca a quien sabe el verdadero culpable, actuando así en sustancia, en la misma perspectiva, la misma docilidad de Guillén. De esta manera, su enojo lo enfiló contraamanuenses y signatarios, varios de los cuales rectificarían con posterioridad sus adhesiones al régimen. No era aquella, obviamente, la hora de Saramago.

Hay, en el fondo, identidad en las actuaciones de ambos. Sólo que Guillén, un "bicho" a la cubana que se "enfermó" y no asistió al juicio tenebroso contra Heberto Padilla, distinguía la cultura de subordinación a que accede, desde que recibe el carné, un miembro del Partido Comunista. Y tal cultura trepó al colmo después de 1959. Por eso, en última instancia, si rubricar la carta le produjo dolor, no se considerará traidor a amistad alguna, pues en todo caso Neruda comparte similares presupuestos.

¿Qué diferencia cabe entre firmar aquella carta y los simples militantes que hoy mismo critican a sus mejores amigos en una reunión, a lo que no pueden oponerse bajo la amenaza de que se le anote en el expediente que carecen de espíritu combativo y analítico, gravísimos pecados? ¿Cuántas veces los hijos han renegado en Cuba de los padres? ¿No está el Partido por encima de todos los sentimientos personales, de todas las lealtades? Al Partido sí se puede ser traidor: el resto de la vida es sólo un dato. Esa, grosso modo, fue la disyuntiva de Guillén. Neruda, aún agraviado, no desoyó a su Partido cuando escamoteó, a sabiendas, a Fidel Castro, al culpable.

Las relaciones entre las entidades políticas, que fueron mucho más que "dolorosos malentendidos", como dijera Teitelboim, se restaurarían. A Neruda se le invitó a la Isla dos años después, pero no aceptó. Se arguye que esperaba una reparación pública que nunca llegaría. La razón es sencilla: Castro no se equivoca y mucho menos ofrece disculpas públicas. Fue el sistema manipulador, en fin, el que rompió una relación humana que debió llegar —intacta y más allá de las ideologías— hasta el último minuto de los dos grandes artistas. ¿Pero qué no ha roto la revolución de Fidel Castro?

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