www.cubaencuentro.com Jueves, 06 de noviembre de 2003

 
Parte 1/2
 
Interiores que nos retratan
Hasta el día 31 de octubre se exhiben en Miami las fotos que el holandés Robert Van der Hilst tomó en casas de Baracoa y de esa ciudad.
por CARLOS ESPINOSA DOMíNGUEZ, Miami
 

Tras haberse presentado en galerías de otros países, recala en Miami la exposición Interiores cubanos, que reúne las fotos que Robert Van der Hilst (Holanda, 1940) tomó en Baracoa y en esta ciudad. El que ahora esas magníficas imágenes se puedan apreciar en el Centro Cultural Español (800 Douglas Road, 170, Coral Gables) viene a ser, pues, uno de los dos destinos naturales de la muestra. En el otro, que es la Isla, Interiores cubanos no podrá verse, debido a que al artista le ha sido negado el permiso para regresar al país a donde venía viajando desde la década de los ochenta.

Interiores cubanos

El título bajo el cual Van der Hilst ha agrupado sus fotos adelanta lo que se verá en ellas, pero no permite suponer todo lo que revelan. Digo esto porque, por tradición y supongo que por razones que tienen que ver con el clima, Cuba ha sido un país cuyos habitantes viven mucho hacia afuera y con las puertas abiertas. Recuérdese, por ejemplo, la costumbre de nuestras familias de sentarse por las tardes en el portal o incluso en la acera. Eso no significa, sin embargo, que descuidemos todo lo que tiene que ver con la vida en el interior de nuestras viviendas. Un aspecto que dice mucho sobre cómo somos.

Basta acudir a nuestras artes plásticas para comprobar la insistencia con que nuestros pintores se han fijado en todo lo que hay dentro de las viviendas, como un modo para tratar de descubrir en ello los elementos que contribuyen a definir nuestra identidad. Menciono, para ilustrar con unos pocos ejemplos, el patio que da al mar, con sus malangas y sus palmas, de Guillermo Collazo; las casonas coloniales del Cerro de René Portocarrero; los ventanales coloridos, rejas y sillas de Amelia Peláez.

Un viejo sillón sin respaldar. Un antediluviano refrigerador General Electric, adornado con estampitas y recortes de revistas para disimular su deterioro. Una herrumbrosa máquina de coser que despierta de inmediato nuestra curiosidad: ¿funcionará aún? Un Sagrado Corazón que comparte el espacio con un diploma del Instituto Superior de Ciencias Médicas de Santiago de Cuba. La sala de una casa de puntal muy alto, cuyas paredes de madera impresionan por su desoladora desnudez. Un par de bocinas caseras conectadas a un viejo equipo de música. Son algunos de los detalles captados por la cámara de Van der Hilst, en Baracoa, en el año 2001.

En todas las fotografías domina una imagen de pobreza que se aproxima, en ocasiones, a la miseria. Hay una de la cocina de una vivienda, que más que en Baracoa, se diría que fue tomada en un barrio marginal de Port-au-Prince o en una recóndita aldea de África. Asimismo, el aura intemporal que se desprende de ellas hace que resulte difícil creer que fueron tomadas hace sólo un par de años. Si llevasen como fecha cualquier año de las décadas de los cincuenta o los sesenta, serían muchos los que la aceptarían como la que, en efecto, les corresponde.

Sin embargo, las figuras humanas que se ven en muchas de las imágenes logran aportar a ese patético cuadro de precariedad y deterioro una nota de dignidad. Sorprende, ante todo, cómo en un país donde conseguir jabón y ropa cuesta Dios y ayuda, lo limpios y arreglados que se ven hombres y mujeres.

La pulcritud y la elegancia han sido siempre dos atributos característicos de nuestro pueblo, y las penurias y dificultades del Período Especial no parecen haberles reducido un ápice. Ésa es la impresión que proyectan, pese a su extrema delgadez, la pareja de ancianos, y también la pareja de muchachas sentadas y el niño que está de pie, que hallamos en dos de las fotos de la exposición. Otro detalle significativo que Van der Hilst captó admirablemente es la placidez —casi beatífica me atrevo a decir— que hay en la mayoría de los rostros.

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