En las fotos tomadas en Miami no se ve, por supuesto, miseria ni deterioro. Éstos no asoman ni siquiera en el apartamento de Rosa, la señora que ha cubierto las paredes con fotos, ubicado en Allappatah, una de las áreas más pobres de la ciudad. Predomina, por el contrario, esa tendencia a la ostentación que tanto alimentan las sociedades de consumo, y a la cual los cubanos añadimos esa proclividad nuestra al exhibicionismo que puede llegar al delirio.
En la exposición de Robert Van der Hilst eso se refleja sobre todo en la ropa y la decoración de las viviendas. Un ejemplo que lo ilustra muy bien es la fotografía en la que una madre y su hija aparecen, sentada una, de pie la otra, en la sala de su hogar. Ambas llevan hermosos vestidos blancos y en sus manos lucen una abundante colección de pulseras y sortijas. La habitación muestra una profusión de adornos: jarrones, plantas, sillones, espejos, lámparas, mesas, tigres de porcelana en tamaño real, candelabros...
En uno de sus ensayos, Lezama Lima comentó el desconocimiento que había en el siglo XIX sobre la estética barroca, a la cual se aludía para designar a "un estilo excesivo, rizado, formalista, carente de esencias verdaderas y profundas, y de riesgo fertilizante". La visión de la foto de Van der Hilst de la que hablo explica por qué los cubanos tenemos en todo el mundo fama de barrocos.
El artista holandés ha sabido captar además varios detalles que ilustran por qué Miami es llamada la segunda ciudad de Cuba, después de La Habana. Algo que tiene que ver, en primer término, con las estadísticas demográficas, pero no únicamente. Me refiero a ese empecinamiento —admirable o censurable, según se le quiera mirar— con que muchos exiliados se resisten a no dejar de vivir en la Isla, lo que los ha llevado a crearse aquí una Cuba en pequeño. Una Cuba, claro, que no es, que no puede ser igual a la Cuba de enfrente. Ante todo, porque las costumbres, la idiosincrasia y la estética se han ido contaminando con las del país que los acogió. Los resultados de ese mestizaje saltan de inmediato a la vista de quien visita la ciudad.
En Interiores cubanos, tiene una muestra candorosa en ese hombre negro que mira la televisión, mientras acaricia a un gallito. Éste, por cierto, pertenece a una variedad que en mi región llamaban pineo, y que desde los años de mi infancia yo nunca más había encontrado. Nunca olvidaré la sorpresa que para mí fue descubrir una mañana a ocho o nueve de estos gallitos caminando tranquilamente por la acera de una calle, frente a la estación del Brickell del metrorail. Milagro en Miami, pudo muy bien haberse llamado aquel entrañable hallazgo. Hasta aquí la digresión.
Mencioné antes la imagen más candorosa de este ajiaco que es el Miami cubano. La más grotesca, en cambio, es la de un santero ataviado con un traje de lentejuelas, que —para qué voy a decir una cosa por otra— a mí me parece un atavío más propio para bailar una rumba en un show de Tropigala, que para oficiar una ceremonia de santería. Con esto menciono un aspecto que no ha agradado a algunos exiliados que visitaron la exposición: el mal gusto que se pone en evidencia en algunas de las fotos que corresponden a interiores de casas miamenses.
Negar que existe es una tontería que la realidad misma se encarga de desmentir. No sólo existe, sino que incluso posee modalidades que son exclusivamente nuestras, como esas categorías que constituyen lo "picúo" y lo "cheo" (Por cierto, si me viese ante tal disyuntiva no sabría precisar si el santero de marras es cheo o es picúo). Eso no quiere decir, sin embargo, que todos los cubanos seamos así, ni que tal rasgo esté más desarrollado en nosotros que en otros pueblos.
No me voy a ocupar de cuestiones de orden técnico, como el encuadre, el tratamiento de la luz, la composición, etc., de las imágenes de Robert Van der Hilst. Seguramente lo harán, con muchísima más propiedad que yo, el fotógrafo Pedro Portal y el pintor Ramón Alejandro, quienes participarán el día 30, a las 8 p.m., en un coloquio a propósito de la exposición. Sólo quiero concluir recomendándola a quienes aún no la han visto. Sus fotos son realmente estupendas, y a los cubanos nos devuelve un retrato que nos ayuda a entender cómo somos. |