Esto lo denunció la revista Mariel en el editorial del primer número, donde se decía: "La enorme carga de terror y descontento humano que encerraban los refugiados del Mariel fue opacada por la más simple caracterización de una parte mínima de ellos: los que habían sido llevados al crimen o la demencia por el mismo gobernante que los expulsaba irresponsablemente".
Sobre todo eso habla Más allá del mar, y uno de sus méritos es hacerlo de manera serena, sintética y equilibrada. No hallamos consignas ni diatribas anticastristas: el filme mismo constituye un contundente documento acusador por la terrible realidad sobre la cual arroja luz. Lisandro Pérez-Rey además ha sabido escoger a los testimoniantes, entre los que hay una amplia y representativa gama de razas, nacionalidad (además de los cubanos, intervienen varios norteamericanos), educación, origen social y sexo (cabe hablar también de opción sexual, pues hay un travesti). Incorpora además un marielito, Josés Scull, que cometió en Estados Unidos actos delictivos que lo han llevado a cumplir una condena de 417 años.
Uno de los aciertos del realizador es haber entrevistado también a su madre, quien reside en Cuba y declara, en una escena estremecedora, tener la esperanza de poder ver a su hijo antes de morirse. Asimismo, ha integrado con inteligencia y profesionalismo las fotos e imágenes de archivo, así como también ha incorporado algunas secuencias de ficción. Con todo ello, ha creado un documental de narrativa clara y ágil, que ojalá halle la difusión que merece.
El otro documental que se pudo ver recientemente aquí, dentro de la programación del Cine Bill Cosford, de la Universidad de Miami, es Balseros (España, 2002, 120 minutos), realizado por Carles Bosch y Josep M. Domènech. El primero se hallaba en Santo Domingo cuando comenzó el éxodo masivo de balseros, en agosto de 1994, durante el cual unos 50 mil cubanos abandonaron la Isla en precarias embarcaciones que eran, en su mayoría, obras maestras del ingenio popular. Bosch se dirigió de inmediato a la Isla, donde él y Domènech se dedicaron a recoger imágenes de aquellos impactantes sucesos que, una vez más, convirtieron a Cuba en noticia de los periódicos y telediarios de todo el mundo.
A medida que fueron acumulando material, los cineastas catalanes comprendieron la necesidad de concentrarse en un grupo de balseros, y seleccionaron a siete de ellos (cuatro hombres y tres mujeres) para seguir sus avatares desde que se lanzaran a las aguas de lo que uno de ellos llamó "el corredor de la muerte".
Ocurrió después que Méricys, la única de ellos que no alcanzó a salir, se ganó una de las visas que anualmente otorga el gobierno de Estados Unidos a los cubanos que desean emigrar, y eso les dio la idea de retomar el documental y completarlo con una mirada a lo que había sido la vida de todos ellos cinco años después. Balseros constituye, pues, el fruto de su admirable persistencia y su simpatía por aquellas siete personas.
Una de las primeras imágenes que se ven en el documental (película-reportaje, prefieren llamarla sus realizadores) sintetiza las razones que condujeron a aquella huida en masa. Es la de una mujer negra que es cacheada por un policía, a la entrada del muelle donde se toma la lancha de Regla. El comentario que ella hace es de una expresividad aplastante y desoladora: "No tengo nada. Lo único que tengo es tristeza en mi corazón". Esa inconsolable, profunda tristeza es la que llevó a miles de compatriotas suyos a lanzarse al mar, en rudimentarias y endebles embarcaciones, aquel verano del 94. |