www.cubaencuentro.com Lunes, 09 de febrero de 2004

 
Parte 1/2
 
La vida es filmar
Con un humor amargo y carnavalesco, Joel Cano recrea en 'La isla de los quizás' un país que se hunde, como el Titanic, en un lento naufragio ideológico.
por CARLOS ESPINOSA DOMíNGUEZ, Miami
 

En la antología Nuevos narradores cubanos, que Michi Strausfeld compiló hace tres años, figuraba el cuento Fallen Angels, con el cual el dramaturgo Joel Cano (Santa Clara, 1966) había ganado en 1999 el Premio Juan Rulfo, que anualmente convoca Radio Francia Internacional.

La isla de los quizas

Aquel texto le sirvió de base para escribir La isla de los quizás (Siruela, Madrid, 2002), primera novela suya que se edita en español. Especifico esto último porque en 1999 apareció la traducción al francés de El maquillador de estrellas, que hasta hoy permanece inédita en su versión original.

La isla de los quizás se ambienta en la Cuba de hoy, ese país que, como expresa uno de los personajes, se hunde, cual Titanic, en un lento naufragio ideológico. Es allí y, más exactamente, en La Habana, donde se desarrolla la historia narrada a dos voces por Ignacio Rodríguez y Juana Ortiz, sus protagonistas.

El primero es un joven cineasta que sueña con ganarse el Oscar con el que será el primer largometraje cubano hecho sin concesiones al mercado internacional, "pura esencia… una obra tan densa como la sustancia de un agujero negro del cosmos". Una película silente, en blanco y negro y bien conmovedora, pues esa es, según él, la naturaleza misma del cine. Ha adquirido el vicio de grabar aplausos en los teatros, las concentraciones y los eventos deportivos, que escucha luego absorto para hacerlos suyos. Y se pone histérico si lo interrumpen cuando se halla imaginariamente en medio de la entrega de la estatuilla, sobre todo si es cuando la está recibiendo.

Posee un apartamento en Casablanca, pueblo con nombre cinematográfico donde los haya, que ha convertido en su altar de cinéfilo: todas las paredes del cuarto están tapizadas con fotos de artistas, incluidos los rusos. Sus padres se marcharon para los Estados Unidos, y desde allí le envían cada mes una remesa de "ostia verde" para que viva un poco mejor.

Esos dólares él prefiere gastarlos en cuidar su imagen pública de joven cineasta, así como en alquilar videos de arte, comprar libros antiguos en la Plaza de Armas y reparar los viejos equipos de sonido. No se emborracha, no tiene novia ni novio, y su fanatismo por el cine lo ha llevado a sentir alergia por los seres humanos. Eso le ha creado entre los vecinos del edificio la sospechosa fama de gusano. Es además todo lo opuesto a un habanero o un cubano: nunca iba a casa de ninguno de ellos a pedirle un poco de azúcar para endulzar el café.

Ignacio posee, sin embargo, el don de contagiar su entusiasmo, y ha logrado convertir en su musa cinematográfica a Juana. Él, no obstante, prefiere llamarla "Jane la petite", pues cree que Juana Ortiz no se vería bien en los créditos de una obra del séptimo arte, y mucho menos en esa gran película que iba a salvar al cine cubano del olvido y, lo que era más importante, del ridículo.

Juana es una matancera cuarentona que parecía estar inventada para la alegría. Guiada por la fe ciega de su antiguo esposo, fue veinte años atrás la primera artista que exhibió en un escenario cubano "sus pezones contestatarios, problemáticos y emblemáticos… grotowskianos". Agradece que Ignacio le cuente sus descabellados proyectos, pues de esa manera ella no ve nada a su alrededor: ni las gentes, ni la Habana Vieja maloliente, ni las calles llenas de huecos, ni los balcones que amenazan con venirse al suelo, ni las interminables colas, ni el sol de justicia que reverbera contra el asfalto, ni la letanía de los vecinos, ni la solemnidad de las conmemoraciones. Mantiene relaciones con un francés que es comunista, algo que allá, piensa ella, es un lujo y no una obligación. Por su parte, Ignacio cuando vio por primera vez al "cherí" comprendió que lo suyo era el "zafari humanitario… y los buenos tabacos, de cualquier marca, pero cubanos".

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