www.cubaencuentro.com Viernes, 16 de julio de 2004

 
Parte 1/2
 
Poesía al margen del canon
El tema de la identidad racial y cultural adquiere una presencia dominante en el último libro de Georgina Herrera.
por CARLOS ESPINOSA DOMíNGUEZ, Miami
 

Aquellos lectores que disfrutan con el hallazgo de creadores que han desarrollado su labor en la periferia y al margen del canon, harían bien en revisar la obra poética de Georgina Herrera (Jovellanos, 1936).

Gritos

Una excelente oportunidad para iniciar su descubrimiento la brinda la reciente salida de un nuevo libro suyo, Gritos (La Torre de Papel & Ediciones Itinerantes Paradiso, Miami, 2004), toda vez que se trata de una escritora que desde que se dio a conocer, a comienzos de la década de los sesenta, ha publicado más bien poco.

Como prueba, ahí está su bibliografía anterior, que se reduce a apenas seis títulos: G. H. (1962), Gentes y cosas (1974), Granos de sol y luna (1978), Grande es el tiempo (1989) y Gastadas sensaciones (1996), publicados todos en la Isla, donde hasta hoy reside.

La voz que nos habla desde esos textos configura a una mujer que escribe para no olvidar quién es, de dónde viene, a qué se debe. El tema de la identidad racial y cultural adquiere así una presencia dominante, y aparece expresado en un discurso que tiene el yo como instancia. Esa identidad se manifiesta además de diversas maneras y a través de diferentes aspectos.

Por ejemplo, al contemplar una cabeza de terracota que data de mil años atrás, el sujeto poético se reconoce en ella como quien se ve a sí mismo en un retrato: "¿Dice alguien que no es/ mi rostro este que yo veo?/ ¿Que no soy yo, ante el espejo/ más limpio reconociéndome?". A lo cual añade con firme y orgullosa convicción: "Esta que miro/ soy yo, mil años antes o más;/ reclamo este derecho/… Soy yo. Espejo o renacida./ Soy".

Ese orgullo con que reivindica y asume esa herencia aparece resumido en el título de algunos de los poemas: Canto de amor y respeto para Doña Ana de Souza, Elogio para las negras viejas de antes, Para festejar a Oggún.

Hay, por otro lado, una amorosa vindicación de África, aquel continente que según el abuelo era "un país bonito/ y grande como el cielo", y que durante la etapa oprobiosa de la esclavitud y la trata fue el sitio "desde el que a diario/ hacia el infierno venían/ reyes encadenados,/ dioses tristes". Para la voz lírica, por su parte, es la tierra a la que siempre va a dar ("Todo sitio al que me dirijo/ a ti me lleva"), la herencia ancestral cuya llama se mantiene encendida ("Este rostro, hecho/ de tus raíces, vuélvese/ espejo para que en él te veas./ En mi muñeca/ vas como una pulsa de oro/ —tanto brillas—; suenas/ como escogidos cauríes para/ que nadie olvide que estás viva"), y por eso objeto de permanente veneración ("Cuando yo te mencione/ o siempre que seas nombrada en mi presencia/ será para elogiarte").

Toda esa antigua historia de fechas, cacerías, viajes interminables e ignominia, se expresa muy bien en términos poéticos en El barracón. Al visitar las ruinas de un antiguo ingenio y poner las manos sobre aquellos muros húmedos, desgastados por la lluvia y el llanto, escucha "gemidos, maldiciones, juramentos/ de los que, calladamente,/ resistieron por siglos/ los colmillos del látigo en la carne". Del pasado le llega todo ese sufrimiento, pero también el amor, "todo el amor/ con que regaron su impetuosa semilla,/ perpetuándola./ Así lo siento, lo recojo./ Vibro".

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