Cuando Castro entró a La Habana, en enero de 1959, le sobraban micrófonos, estaciones, cámaras y canales. No tuvo que pagar un céntimo por usar la radio, la TV y los noticieros cinematográficos. Le bastaron su autoridad de vencedor, su enorme ego, su indudable carisma y su irremediable verborrea.
Los cubanos de la generación de Consuelito recuerdan una expresión que ella hizo famosa al final de la segunda era batistiana: "hay que tener fe que todo llega". Los televidentes la interpretaron de este modo: "la dictadura terminará pronto". ¿Por qué el régimen no reaccionó ante esa evidente provocación envuelta en forma de anuncio? ¿Por qué los propietarios de CMQ le prestaron "oídos sordos"?
Aunque el aparato represivo de aquel momento acumulaba un abultado y bien documentado expediente de abusos y crímenes, todavía no he leído ni escuchado un solo testimonio que se refiera a presiones, amenazas o chantajes sufridos por Consuelito o sus empleadores para que no repitieran ese mensaje. Con Batista hubo la habitual y condenable censura de prensa, típica de las dictaduras. Digamos el caso del periodista Mario Kuchilán Sol, golpeado por agentes uniformados. Felizmente, a Consuelito no le pasó nada. ¿Por ser mujer? Lo dudo. Los esbirros asesinaron a Lidia Doce y a Clodomira Ferrals (Acosta).
Consuelito arribó a los tiempos postrevolucionarios en pleno goce de una fama bien ganada. En estos cuarenta y cinco larguísimos años su popularidad nunca mermó. Creció como actriz, animadora y presentadora. Fue una de las representantes de la durabilidad de la antigua farándula dentro de los moldes de la nueva cultura. Su fuerte individualidad artística se consolidó al punto de transformarse en epítome de todo lo excelente, todo lo bueno, todo lo malo y todo lo lamentable que han sido la radio, la televisión, el cine y el teatro cubanos. Aquella mujer delgada, risueña y locuaz se tornó ubicua.
No sé ni intento especular cómo se las arregló para sobrevivir las intrigas, las depuraciones, los silenciamientos, el "ninguneo" y las "cacerías ideológicas" que alejaron de la radio y de la televisión a personas valiosísimas. Por ejemplo, Félix B. Caignet murió en La Habana en molesta e insultante oscuridad. También Consuelito permaneció en Cuba y vio partir hacia el exterior a varios de sus más notables amigos y compañeros de gremio. Cuando más disfrutaba de esplendor personal, publicitario y financiero, tuvo la generosidad de renunciar a los altos salarios y a los codiciados privilegios propios de la profesión.
De haberse marchado habría continuado teniendo éxito en casi cualquier lugar. Le atribuyen haber confesado que se sentía "asquerosamente cubana". Claro, tal declaración de identidad pueden suscribirla millones de sus compatriotas residentes en las cuatro esquinas del planeta.
Una mentalidad fidelista
Su error consistió en haber adoptado y mantenido, quizás hasta la muerte, una mentalidad "fidelista". Ésta consiste en el gravísimo y dañino juicio de relacionar la felicidad o la desgracia de un Estado con la presencia o no en el poder de un específico ejemplar político. Paradójicamente, su "fidelismo" la obligó a cometer el peor pecado de un comunicador: omitirle, a sabiendas, datos a su público.
En ocasión de celebrarse un aniversario de Detrás de la fachada, ni ella ni Cepero Brito pudieron explicar abiertamente quién había sido, en realidad, la primera animadora de aquel programa. El nombre de Mimí Cal se hacía impronunciable y peligroso. Qué triste debió de ser para ella y para el país negarle santo y seña a otra cubana. En la dictadura de Batista, Consuelito tuvo que aludir al futuro en términos oblicuos. Con el "fidelismo" se vio obligada a no nombrar a ciertos ausentes.
La televisión de hoy apenas emite señales de vida. Que no haya dudas. Sobran los epígonos para preservar lo mejor de la tradición simbolizada por Consuelito. Pero ella y la revolución están muertas. La miseria del sistema político-económico se reproduce en la pantalla. Los televidentes deben contentarse con las peroratas de los comentaristas de la Mesa Redonda y las intervenciones del eterno hablador. Los cubanos no se ríen con Consuelito, pero sí del "carpintero". Así han apodado a Castro porque éste tiene el pésimo hábito de hacer sus "mesas redondas" frente a las cámaras.
Consuelito perdurará como un indudable y muy querido talento histriónico, negativamente marcado por su censurable lealtad a un dictador. Sin embargo, a diferencia de él, ella sí fue bienvenida en cualquier hogar, sin importar el bando político de los moradores. Probablemente esta importante distinción hará que los cubanos, en general, no se nieguen a considerar la siguiente idea: ¿es justo, pues, colocar sobre su tumba una "rosa de oro" idéntica a la que José Martí dedicó al habanero Nicolás Azcárate?". |