www.cubaencuentro.com Miércoles, 26 de enero de 2005

 
  Parte 2/2
 
Paquito D'Rivera: Cincuenta años en los escenarios del mundo
por ARMANDO LóPEZ, Nueva Jersey
 

El público rió sabroso cuando en armónicas voces se dejó escuchar el viejo comercial de la radio AM de Miami (que Paquito niño escuchaba en Marianao), y con firmeza, el hijo de Tito anunció a "the four and only, The New York Voices". La superposición del clarinete a la perfecta polifonía del cuarteto en el tema Snow Samba fue un dulce para las cámaras de la televisión española que grabaron el concierto. Pero donde el clarinete cantó más alto, fue en el Adagio de Mozart, apoyado por la sección de cuerdas de la Joven Orquesta de las Américas, bajo la batuta de Tania León.

P.D.R.
Paquito D'Rivera a los seis años, junto su padre.

El Adagio, popularizado en arreglo de jazz por los metales del grupo Irakere, retomó su justa dimensión romántica, cuando D'Rivera, como un niño travieso, liberó la melodía mozartiana en rubateos jazzísticos, que fueron in crescendo, sin perder su esencia dieciochesca, hasta llegar a una catarsis que puso a reír a los amantes de lo clásico.

Invitados de excepción

Las legendarias Hermanas Márquez, con su insólito tema La Tartamuda, lograron que los angloparlantes, sin entender ni jota, gozaran de lo lindo; aunque las guaracheras resultaron fuera de contexto, Paquito debió integrarse a ellas (como estaba en el guión). Impactante el Livertango de Piazzolla, la conjunción del dramático bandoneón al saxo juguetón de Paquito, acentuados por el piano de Pablo Ziegler y su grupo, que fue impresionante.

Por la escena desfilaron Dave Samuels, Romero Lubambo, Andy Farell, Jay Ashby, Manuel Amargo, Claudio Ragazzi, Alon Yavnai. El largo concierto terminó con la Joven Orquesta Sinfónica (dirigida por Pablo Zinger), en dos temas de George Gershwin, Porgy and Bess y Sumertime, cantado por la expresiva soprano Brenda Feliciano; pero sin duda, el clímax de la noche, y con lo que debió finalizar el concierto, fue cuando Bill Cosby anunció que trescientos años entrarían a escena, y lentamente, apoyados en sus bastones, aparecieron tres leyendas de la música cubana, y universal: Bebo Valdés, Cachao y Cándido Camero (no tocaban juntos, desde las míticas noches del cabaret Tropicana), quienes comenzaron a interpretar Lágrimas Negras, de Miguel Matamoros.

Cuando Paquito se les sumó con el saxo, se creó una cadencia, una sabrosura, que no había quien la parara. Desde un palco, alguien gritó "Viva Cuba Libre". El público aplaudía delirantemente, cuando Bebo, Cachao y Camero rompieron con la contagiosa guaracha Priquitín Pin Pon, de Moisés Simmons (el autor del célebre Manisero). Paquito agarró el clarinete, tiró unos pasillos de baile callejero, y latinos, anglosajones y asiáticos asistentes al Festival, bailaron en sus asientos. ¿Qué diría el filántropo Andrew Carnegie, que construyó este templo en 1891 para la música clásica?

En el programa del concierto 50 años y 10 noches de Show Bussiness, el también escritor Paquito D'Rivera, autor de los libros Mi vida Saxual y ¡Oh La Habana!, escribió sobre Nueva York, su ciudad adoptiva: "Después de dos décadas en esta fabulosa jungla, debo reconocer que es como vivir en todos los lugares al mismo tiempo". ¿Cuántas influencias? Sin esta megalópolis, donde coincide y se entremezcla toda la música del mundo, el niño de Marianao no hubiera bebido de todos los ritmos, ni entablado amistad con tantas estrellas de tres continentes, que colmaron, el 10 de enero de 2005, la escena del Carnegie Hall.

Si no habitara esta ciudad de acero y largos inviernos, el jazzista empedernido no hubiera sentido la añoranza de su tierra, que lo hizo redescubrir a Cuba y sus ritmos, a orillas del río Hudson. Sin esta mezcla de sala'o con dulce que es la Gran Manzana, sin esta combinación de agradecimiento y nostalgia que produce en el corazón de cada cubano, Paquito D'Rivera, el hijo de Tito y Maura, no hubiera podido brindarnos este show mágico y cosmogónico, reflejo de Nueva York y de sí mismo.

1. Inicio
2. El público rió...
   
 
EnviarImprimir
 
 
En Esta Sección
El pecado de callar
SUSET SáNCHEZ, Madrid
Sontag, Carpentier y la moneda del castrismo
ORIOL PUERTAS, La Habana
Homenaje a Carmelo Mesa-Lago
Ilusiones y precariedad
SUSET SáNCHEZ, Madrid
¿A Castro le gusta el rock?
DENNYS MATOS, Madrid
Editoriales
Sociedad
Cultura
Internacional
Deporte
Opinión
Desde
Entrevista
Buscador
Cartas
Convocatorias
Humor
Enlaces
Prensa
Documentos De Consulta
Ediciones
 
Nosotros Contacto Derechos Subir