www.cubaencuentro.com Martes, 17 de mayo de 2005

 
  Parte 2/2
 
La Habana difunta
Guillermo Cabrera Infante: El último clásico de la gran narrativa cubana del siglo XX.
por RAFAEL ROJAS, México D.F.
 

Esa Habana, destruida por la revolución, se convierte, en la memoria y la prosa de Cabrera Infante, en un refugio sobre el que la dictadura no puede ejercer su totalitaria jurisdicción. Por medio de la evocación de personajes y escenas, del habla y la música, del humor y el sexo, libros como Tres tristes tigres y La Habana para un infante difunto logran el triunfo de la geografía sobre la historia, la redención del sujeto por la vía del recuerdo. Cabrera Infante, cinéfilo y melómano, entendió la literatura como la transcripción de imágenes y sonidos habaneros.

La nostalgia de esa Habana —no la de Batista ni la de Castro, dos dictadores a quienes combatió sin cesar, sino la de Beny Moré y Virgilio Piñera, la de Bola de Nieve y Amelia Peláez— es la fuente inagotable de las ficciones de Cabrera Infante. Pero esa nostalgia no implica la apología del pasado, sino la contraposición entre la pluralidad y el desenfreno de la cultura habanera y el autoritarismo y la solemnidad de la política cubana, sobre todo, a partir de 1959. La Habana recordada y eternizada, en la literatura de Guillermo Cabrera Infante, es un dispositivo de resistencia al totalitarismo.

Una patria portátil

Mucho se ha escrito sobre el parentesco entre la aventura literaria de Cabrera Infante y la de Joyce, Borges o Nabokov. Sin embargo, difícilmente se encontrará una experiencia más radical del exilio en la literatura moderna latinoamericana. A través de su Habana personal e imaginaria, Cabrera Infante logró exiliarse de un espacio, la Isla de Fidel Castro, y de un tiempo: el del régimen comunista. "Habanidad de habanidades, todo es habanidad" —escribió ese "gran exiliado", como lo llamara Derek Walcott: el único capaz de recordar su ciudad con imágenes "encostradas, pompéyicas, el Technicolor citadino disuelto en blanco y negro, su poesía reducida a propaganda documental, sus graffiti a eslóganes socialistas".

En la epopeya literaria de Guillermo Cabrera Infante siempre se confundieron vida y ficción, autor y personaje, biografía y novela. Ese espejismo, tan moderno, se produjo desde los inicios de su carrera, cuando firmaba sus críticas de cine en la revista Carteles con el pseudónimo de G. Caín y le otorgaba vida propia a su yo cinéfilo. Su último libro publicado en Cuba fue Un oficio del siglo XX, el autorretrato de Cabrera Infante como su alter ego: G. Caín. Al igual que el primogénito de Adán y Eva, Cabrera Infante, desterrado de su Habana, peregrinó por el mundo, fundó la primera ciudad imaginaria de la literatura cubana y dejó una descendencia nutrida de alumnos e imitadores.

El título de su segunda novela, La Habana para un infante difunto, la primera que escribió plenamente en el exilio, jugaba con el nombre de la composición de Maurice Ravel. Allí La Habana era algo así como una canción de cuna o un cuento infantil que servía para dormir o velar a un pequeño huérfano. Pero la orfandad y la errancia de Cabrera Infante no dejaron nunca de motivar refundaciones de la ciudad a través de la imaginación y la memoria. Cuando hace tan sólo unos meses, un periodista le preguntó sobre qué trataba su novela póstuma, Ninfa instante, respondió: "Sobre qué va a ser: sobre La Habana. Todas mis novelas hablan de la misma ciudad".

A pesar de haber sido un narrador tan paródico y burlón, Cabrera Infante dejó testimonios muy elocuentes de su admiración por grandes escritores cubanos como José Martí, José Lezama Lima, Alejo Carpentier, Nicolás Guillén, Virgilio Piñera, Lino Novás Calvo, Carlos Montenegro, Enrique Labrador Ruiz y Lydia Cabrera. En el hermoso prólogo que le dedicó a los Diarios (1997) de Martí, editados por el Círculo de Lectores, escribió: "el exilio no es una situación geográfica o histórica sino una tierra que el escritor lleva siempre consigo. Para Martí, Cuba debió ser una isla flotante". Para él, esa isla flotante fue La Habana: una patria portátil que su memoria de exiliado se llevó, primero, a Londres y, después, a la tumba.

*Publicado en el diario Reforma, México.

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