www.cubaencuentro.com Jueves, 20 de marzo de 2003

 
  Parte 2/2
 
La planicie asediada
El poemario 'En la llanura', de Reinaldo García Ramos, apareció el pasado año bajo el sello de La Torre de Papel.
por VICENTE ECHERRI, Nueva York
 

De ahí que esta llanura bíblica por donde vaga encandilada la mirada del poeta me recuerde ciertas partes del Infierno de Dante, así como el Valle de la Humillación en que John Bunyan hace andar a Cristiano en El Progreso del peregrino. Se asemeja a estos antecedentes por su humana trascendencia; porque uno intuye o sabe que estas imágenes son algo más que mera fruición estética —aunque ya serían valiosas en este nivel—: son las claves con que un temerario explorador comparte con nosotros un destino que ciertamente nos concierne. Difiere de las obras citadas en que al peregrino de estos poemas no le aguarda el empíreo del Dante (que nunca puedo dejar de imaginar como la asombrosa ilustración de Gustave Doré) o el cielo al que por fin arriba el personaje de John Bunyan en El progreso del peregrino. Aquí, el poblador de la llanura, que merodea en la sombra, siempre amenazado por el fuego —que bien es el de "los hornos que en la distancia todavía estaban devorando las reclamaciones y los sueños" (Creencias) o el de una costa "cubierta por las llamas" (Final de un viaje)—, o deslumbrado por "las praderas fulgurantes" (Pequeño adiós) que supone existen más allá, sabe que no hay escapatoria y asume su destino de morador de la llanura con un resignado regocijo.

Esto último es, a mi ver, el mensaje más profundo de este hermoso libro que —en medio de la avalancha de tanta poesía lamentablemente pretenciosa y, no obstante, enmascarada con los ropajes de la modestia literaria— se nos ofrece a la degustación. No hay esperanza. Existen ciertamente las cumbres, pero en ellas habitan los dioses. Nuestro humano destino se encuentra en la planicie, en "la azarosa furia del desierto" (Creencias) donde el poeta puede ser, desde luego, la voz que clama sin esperar respuesta; porque —no lo pasemos por alto— la persona poética ni siquiera reside en las ciudades de la llanura. De allí ha salido como fugitivo, como exiliado, y esas ciudades han sido condenadas y consumidas, y él ha tenido el extraordinario privilegio de poder escapar —como Lot y los suyos el día terrible en que cayó azufre del cielo— sin que al final exista otro amparo que el de una casa solitaria y vacía en medio de los "bosques infinitos" (Casa verdadera) y "la vastedad de las tinieblas" (En espera del día).

Más allá de las motivaciones locales o autobiográficas que puedan haberle inspirado a Reinaldo García Ramos esta hermosa y conmovedora colección de poemas, queda, como sustrato último, la heroica (¿por qué no?) asunción de una humanidad que no aspira a redenciones de lo alto, sino que encuentra su "definición mejor" (para decirlo con palabras de Lezama Lima) en ese brumoso territorio de precariedad y de pecado constantemente cercado por el fuego.

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