En una época como ésta, en la cual se huye de lo declamatorio, podrá terminar inatendido un libro que centra su reclamo en el descubrimiento de una oración sagrada. ("Un sermón de Tristán Medina fue por mucho tiempo en La Habana acontecimiento que veían llegar con regocijo doctos e indoctos, y una verdadera fiesta para las inteligencias", recordaba Enrique José Varona). Tal vez seamos demasiado impacientes para aceptar esa combinación de entusiasmo y doctrina.
No obstante, el sermón publicado en este libro brinda no pocas compensaciones. En él la historia del culto a María virgen es la historia de los desagravios e insultos propinados a ese culto, por lo que hasta un alma blasfema podrá sacar placer de su lectura. Desvela al orador la puesta al día de la adoración. ¿Qué significa María hoy?, se pregunta, y para contestar a tal pregunta inventa la figura de un hijo del siglo, descreído e irreligioso. María virgen por un lado y ese joven por el otro, le permitirán intersectar viejo culto y nuevo tiempo. Porque al final de una afiebrada demostración de geometría, el hijo perdidizo encontrará madre eterna.
Políglota, cosmopolita, suficientemente viajado, el siglo, para Tristán de Jesús Medina, debió de ser un panorama como pocos autores cubanos contemporáneos suyos consiguieron avistar. Cintio Vitier sostiene que, con las únicas excepciones de José de la Luz y Caballero y de José Martí, ningún otro escritor cubano del XIX tuvo experiencia tan rica, dolorosa y profunda de los problemas últimos del espíritu. Y ningún otro "llegó a un conocimiento tan íntimo y vital de los que podríamos llamar problemas demoníacos".
Huésped por una temporada de una ilustre familia inglesa que atesoraba autógrafos de Southey, Wordsworth y Coleridge, en su ensayo Recuerdos de la patria del poeta Coleridge Medina nos entrega, además de juicios sobre la poesía de éstos, su particular visión de la administración sentimental de la familia inglesa: "Hirióme al principio la frialdad con que semejante sistema aparenta congelar la sangre y la vida; pero no tardé mucho en reconocer las propiedades tonificantes de un frío, que lo que primero hiela y encadena son los fervores volcánicos y las lágrimas conjuntamente inútiles".
Resultaba sin dudas un cubano metido en el ambiente de las novelas de Jane Austen. Fue viajero capaz de recorrer la historia italiana (Florencia, capital de Italia) y su arte: Beato Angélico y Miguel Ángel. Gozó, sobre todo, de fortuna al ocuparse del arte musical, pasión que extendió hasta los predios de su narrativa. Y Roberto Friol opina que ningún narrador cubano, salvo Carpentier, ha mostrado relación tan íntima y constante con la música.
De todo lo recogido en este libro, son sus piezas sobre arte las de interés más duradero. Reflexiones sobre la patria ("¡Maldito amor a la patria, que sólo vive de odio al extranjero y que considera como extranjeros a las cuatro quintas partes de los ciudadanos!"), sobre la libertad política o el sistema carcelario, conservan más dudosa potencia de reclamo. No exentas de primores, sin embargo. Como cuando, en un ensayo dedicado al trabajo, compara a los corales con arañas de los fondos oceánicos.
Retrato de apóstata con fondo canónicosaca a la luz el único caso de crítica literaria sobre coterráneos que le conozcamos: su acercamiento a la antología Cuatro laúdes. O sea: a Ramón Zambrana, José G. Roldán, Rafael María de Mendive y Felipe López de Briñas. Pero, lamentablemente, sólo se incluyen aquí los fragmentos dedicados al primero y al tercero de estos poetas. (Deberá hojearse el tomo de narraciones editado por Friol para dar con la versión completa).
Irreverente y dotado de una cortante claridad expositiva, Tristán de Jesús Medina ha sido ubicado por el prologuista de este libro en la estela del autor de El Regañón y El Nuevo Regañón, Ventura Pascual Ferrer. Más cerca de nuestro tiempo, cabría emparejar sus ataques críticos a los de un Virgilio Piñera. |