El escenario del Palau repitió la fórmula divisoria de La Vanguardia, esta vez subjetiva, imaginaria, trazada como un cristal entre los dos pianos de gran cola. Hacía mucho tiempo que no escuchaba las danzas de Ignacio Cervantes. ¡Qué lujo! ¡Nuestros clásicos desmontando esos estereotipos frívolos que nos cuelgan en Europa! "¡Ahora tú, papá!". "¡Ahora tú, mi niño, que ya tienes 60 años! ¡Qué joven eres todavía!". Se podría interpretar más o menos así el diálogo pianístico entre ellos en El Manisero, ese pregón de Moisés Simons tan conocido. Hermoso juego de manos.
Los solos se me confundían con los acompañamientos, porque se los pasaban con magia, hermosísimo juego de cuatro manos que sintetizaba la distancia, las dos décadas de no saber ni cómo tocarte, papá. ¡Ah, pero a mi lado había una chica con prismáticos! Entonces me enteré de los apretones de manos, de los cruces sutiles del alma.
La niña Mayra Caridad
Bebo llevó también a su niña, a Mayra Caridad, quien no titubeó en decir que cantar acompañada de su padre es un lujo. Sin dudas. Su padre posee la vieja escuela de Tropicana, donde tantas veces acompañó a las figuras. "Mayra, niña, no me sofoques, que ya no estoy para estos trajines. Hazme una seña para las entradas, no me dejes detrás que ya tengo demasiados sustos en la vida. Controla tu polirritmia, tus sonidos guturales, tu descarga afro, tu color, que es el mío, tus raíces, tu tempo, tu explosividad, que fue mía. Estamos en acústico, en trío solamente, en el Palau de la Música Catalana. Un inmueble exquisito, protegido por Patrimonio. Baja, por favor. Esta gente no vino aquí a bailar…".
Pero la niña se saltó las súplicas implícitas de su padre y puso al respetable de pie. Entró el filin de golpe. Entró el viejo Portillo y hasta José Antonio Méndez, El Ronco, quien, se supone, ahora comparte un pedazo de cielo con el Papa. ¡Qué locura esos boleros medio a capella y sin prismáticos! Mayra perdió las perspectivas de una sala de concierto. Bien hecho para mí que hacía mucho tiempo deseaba una descarga ecuménica, musicalmente hablando. Se lo expliqué luego a la chica de los prismáticos: esto es difícil de controlar, con todo respeto para los que pagaron bien caras las entradas. ¿Cuándo tú has visto a un negro quieto ejecutando un tumbao? ¡Ni Brindis de Salas, nuestro violinista catedrático!
Chucho estaba un poco incómodo. No sabía dónde poner sus largas piernas cuando le tocaba descansar. Incluso salió del escenario —¡tan pequeñito que es!— "sin que nadie lo viera", en medio de una interpretación de su hermana. Tranquilo, no se lo vamos a decir a nadie. Comprendemos que se trata de un homenaje a tu padre y que a sus 87 años ya no sabe ni qué cosa es el estrés. Pero, Chucho, te pareces mucho a él. |