Reconoce cuánto le debe a sus entrenadores de pitcheo cubanos: Rolando Núñez (Chavito) —"¡Ay, mi madre, que no se me olvide ninguno!"—, Nicaragua Chacón, Miguel Alfonso, Waldo y Orlando Velo (que vive en Miami), Juan San Martín. Ahí respira hondo y exclama: "Gracias a ellos soy el pitcher que soy".
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| 'En cada estadio, en cada juego, siempre pienso en los fanáticos cubanos'. |
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Aprovecho el sentimiento para preguntarle las diferencias del entrenamiento de pitcheo de Cuba y el de Grandes Ligas. Insiste en que el pitcheo en las Mayores es más fuerte que en Cuba, que aquí los peloteros tienen más técnica y condiciones para enfrentarse a un juego, y agrega: "El pitcher que piense a su llegada de Cuba, triunfar en las Grandes Ligas, está equivocado. Igual les digo a los bateadores. Los peloteros cubanos tienen calidad, pero tienen que adaptarse a este béisbol. A mi me costó mucho esfuerzo, a mi salida de Cuba tuve que reordenar mi brazo, adaptar mi lanzamiento a cómo se juega afuera".
El recuerdo de Industriales
Insiste en que sigue siendo el mismo guajiro que nació en Santa Clara y creció en el barrio del Wajay, en La Habana. Que cualquiera puede ir a su casa, en Miami, y sentarse a comer picadillo y arroz con frijoles, que su música es la timba, y tiene grabados los juegos de Industriales (su rostro se ilumina): "¡mi primer equipo!, el segundo es los Yankees".
Afirma que Industriales está en su corazón, que respeta a los blanquiazules, por encima de la política, y sigue cada uno de sus juegos. "Cuando ganaron la última serie nacional, disfruté la victoria, fue una fiesta".
Le llaman para calentar. Pero no para de hablar. Cuando jugaba pelota de manigua en el campito del Wajay, soñaba con las Grandes Ligas, pero lo callaba, no se lo decía a nadie, para que no lo acusaran de orgulloso, o de contrarrevolucionario, y se ponía a tirar pelotas, y a esperar —porque no es bueno apresurarse—, que "la vida es la que manda".
Su momento llegó cuando las autoridades deportivas cubanas no lo dejaron participar en los Juegos Olímpicos de Atlanta. Argumentaron que estaba herido. Aunque nadie les creyó. ¿Cuándo fue esa herida? Antes de los juegos era el primero en la lista de lanzadores. Era el pitcher más valioso del equipo Cuba: 127 ganados y 49 perdidos. Era el mejor en la historia de la liga nacional cubana. Sólo en el último campeonato nacional (hasta el mes de septiembre), había ganado 12 juegos sin derrota, y en 89 1/3 entradas, había ponchado a un total de 108 bateadores. Pero nada de eso importó.
Lo acusaron junto a Germán Mesa (short stop) y Alberto Hernández (receptor), de ayudar a escapar a su medio hermano, el pitcher Liván Hernández, fichado por Los Marlins, con un contrato millonario. El Duque se refugió en un trabajo de tres días por semana en el hospital psiquiátrico. El gobierno lo calificó de traidor a la revolución. En la calle, "los enviados" se burlaban: "Tú eras El Duque, ya no existes".
"Si en 1997, Fidel no me hubiera expulsado de Industriales —expresa—, si no me hubieran condenado a nunca más jugar pelota, que es mi razón de vivir, si no me hubieran cerrado todas las puertas, no me hubiera visto obligado a arrojarme al mar, y hoy no estuviera en los Yankees con el número 26". |