Me consta que a la altura de la calle 49, las avenidas tercera, segunda y primera estaban congestionadas. No se podía salir de la cuadra sino con licencia de la policía, en algunos puntos montada sobre un símbolo tradicional del poder: el pedestal equino. La vida burguesa, como a veces se le dice a lo que no es más que (co)existencia pacífica, se desordenó con la presencia de estos inconformes justicieros en el vecindario.
No se podía patinar por las calles involucradas, la compra del pan se alejaba de lo ritual para invocar el sobresalto, y ciertas presiones arteriales se dispararon ante la presencia casi agresiva de algunos "revolucionarios" que consideraban "capitalista" a cualquier persona elegante o distraída que se le cruzara en sentido contrario.
Esta vez, en verdad, no pude encontrar exponentes de la red set cabreados contra su clase social; la gente portaba indumentaria marchita, medio ajada y muy poco convencional. O quizás situada dentro de un convencionalismo contestatario, pues la globalización ha logrado globalizar hasta las protestas que se hacen contra ella. Existe ya, es fácil percibirlo, una moda capitalista de la antiglobalización, con bibliografía, imágenes, jerga y tipos de comida incluidos.
Se podía diferenciar entre los manifestantes a los revolucionarios profesionales; diestros en consignas, repartidores de flyers, vendedores de periódicos. Este es, en verdad, uno de los síntomas más preocupantes para los que tratamos de encontrar algún elemento de racionalidad en esta clase de demostraciones: la llamada lucha contra el capitalismo global ha devenido ya una forma de vida, un empleo en el área del marketing político postmoderno, hasta un negocio.
Por otra parte, creo que algunos restaurantes y tiendas del vecindario se beneficiaron. Vendieron refrescos, jugos y sobre todo café, por el duro frío que había (12 grados F como promedio). Los dueños de esas empresas están en la paradójica situación de haber capitalizado a su favor una manifestación por momentos muy radical en contra del mismo capitalismo. Una contradicción parecida a la de algunos profesionales de la revolución que deben pedir permiso a la policía de la ciudad para decirle después, mientras caminan seguros por las calles, que no le quieren demasiado. |