En la trayectoria exitosa de la revolución americana influyeron factores tanto socioestructurales como contingentes, entre estos últimos, la elección estratégica de sus principales personalidades y dirigentes políticos. Si bien es cierto que, desde el punto de vista de los antecedentes históricos, fueron muy importantes los aportes brindados por el colonialismo inglés y, sobre todo, la experiencia constitucional legada a la sociedad americana por aquél, es casi imposible compartir el planteamiento —demasiado determinista— del historiador Gordon S. Wood, cuando dice que "era inevitable que los estadounidenses llegaran a una constitución escrita o que los nuevos Estados americanos en 1776 devinieran repúblicas".
Bien pudo ser otro el final. Lo que marcó la real diferencia fueron los factores circunstanciales que coincidieron allí, en especial el rol desempeñado por las personalidades y dirigentes principales, primero en el acto de la Declaración de la Independencia, y luego en el desarrollo del debate constitucional y en la elaboración de la Constitución. Se puede afirmar, sin temor a equivocarse, que el pueblo de Estados Unidos tuvo mucha suerte en su nacimiento como nación independiente, al poder contar con hombres de la dimensión humana e inteligencia de Washington: Adams, Jefferson, Madison, Franklin, Hamilton, Jay y otros muchos, dentro de los que no puede dejarse de mencionar a Abraham Lincoln.
¿Qué hubiera ocurrido si los cuatro primeros presidentes de EE UU hubieran deseado permanecer 44 años continuos en la presidencia del país? Brindando un ejemplo digno de mencionar hasta hoy, ellos acogieron con mucha modestia y responsabilidad la norma de un máximo de dos breves mandatos presidenciales, respectivamente, como principio esencial de alternancia en el poder dentro de un régimen democrático, recogido mucho más tarde en el texto constitucional con la Vigésimo Segunda Enmienda.
Estos hombres, con sabiduría, superaron las dificultades del momento y sus propias contradicciones personales, políticas e intelectuales, en virtud de alcanzar el objetivo mayor por el que habían luchado: construir una nación unida, poderosa y democrática. Con sólo mirar lo sucedido después de la independencia latinoamericana, donde a pesar de los esfuerzos de nuestros libertadores, se abrió un ciclo interminable de anarquía, rivalidades personales, caudillismo y autocracia, se podrá tener mucho más claro la magnitud de lo hecho por los padres fundadores de EE UU, y la enorme herencia democrática que ellos aportaron al mundo.
La revolución americana puede calificarse de excepcional, cuando se observa que a través de las armas y la violencia se llegó a alcanzar una sociedad desarrollada, estable y democrática. Obtener el desarrollo y la democracia son procesos raros en la sociedad, que se les presentan a los pueblos en pocas oportunidades. Los fundadores de EE UU supieron aprovechar esa oportunidad en 1787, cuando produjeron la Constitución Federal.
Algo esencial en la obra de los fundadores de EE UU, fue la certeza de que había que establecer instituciones adecuadas, y no sobrestimar el papel de las personalidades. "Instituciones, no hombres", fue el principio que les guió, teniendo muy presente la idea visionaria de su predecesor inglés James Harrington, según el cual era necesario "el imperio de la ley y no el de los hombres". Resolver el binomio poder-libertad, problema fundamental de toda estructura política, fue la tarea más importante que ellos enfrentaron con especial talento. |