www.cubaencuentro.com Jueves, 06 de noviembre de 2003

 
  Parte 2/2
 
La Habana: Fuera de combate
por JOSé H. FERNáNDEZ
 

Es alarmante la caída que registran en los últimos meses los cuentapropistas, no ya en su cifra y no sólo en renglones cuyo deterioro también pudiera achacarse al asedio oficial, sino incluso en cuanto a calidad de sus productos más característicos y aun de su atención al cliente. Se diría que están sufriendo los estragos de un virus nacional que empezó a notarse en los servicios públicos que brinda el gobierno y que ya abarca todos los comportamientos de la sociedad: el sarampión de la ineficacia y la falta de respeto al otro.

Claro que todavía sus índices descuellan años luz sobre los que ofrecen las entidades estatales, pero es un hecho que en variantes de tan sensible efecto como el transporte y las cafeterías, los puchimbás se muestran débiles, apolismados.

Sin ir más lejos, los taxis colectivos, llamados boteros, duplicaron de pronto sus precios por carrera. Los diez pesos que a costa ya de un enorme sacrificio pagaba la gente por trasladarse desde La Lisa hasta los hospitales o tiendas de La Habana, o desde Santiago de las Vegas, desde el Cotorro, desde Santa Fe hasta el Parque de la Fraternidad, se han convertido en veinte, sin que mejoren en lo más mínimo las incómodas condiciones del viaje en automóviles viejos y destartalados, sin ventanillas para protegerse de la lluvia y en medio de un hacinamiento que muy poco tiene que envidiar a los Camellos.

Por su lado, los restaurantes y cafeterías de particulares acortan por horas la distancia que siempre los distinguió ante sus émulos del Estado. Hoy por hoy resulta difícil comprarles pizzas que se puedan comer por alguna otra razón más que por hambre. No obstante, sus precios ascienden, sistemáticamente. Las comidas y el servicio en paladares muestran los inequívocos síntomas del sarampión: pobres en cantidad, en variedad, mal elaborados y caros, como si continuaran siendo de primera.

Para colmo de males, están las irregularidades —que también son nuevas— en los horarios y sistemas de atención al público. Milagroso es hallar a un cuentapropista trabajando antes de las nueve o diez de la mañana. La cafetería donde hoy consumiste algo que te gustó, mañana a la misma hora la encontrarás cerrada. Ninguna ofrece sus servicios más allá de las cuatro o cinco de la tarde. No abren los sábados ni domingos y esto es ya lo único en que se comportan regularmente.

El trato, en términos generales, ha dejado de ser correcto, agencioso, afable. Cuando se les pregunta el por qué de tales cambios, los puchimbás responden todos con iguales palabras: "es que estamos obstinados, y además, para qué esforzarnos, si en cuanto sobresalgamos un poco, nos enfilan los cañones y acaban con nosotros".

Más o menos es lo mismo que expresa cada ciudadano de la Isla, en su puesto de trabajo, en su casa, en cualquier parte. "Para qué coger lucha", "no vale la pena", "lo mejor es que no se fijen en mí, que me dejen tranquilo".

Así las cosas, en el combate por la supervivencia —puchimbá versus superpesado—, no pierde el puchimbá por K.O, sino por abandono. Y no hay nada que podamos hacer, como no sea lamentarlo, a la espera de días mejores. En definitiva, con la merma de los cuentapropistas también tenemos ya lo que teníamos que tener.

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