www.cubaencuentro.com Jueves, 06 de noviembre de 2003

 
  Parte 2/2
 
La Habana: ¿Dónde está el bloqueo?
Mc Donald y Pizza Hut podrían aterrizar en la Isla en cualquier momento, mientras Castro surte las shopping con alimentos estadounidenses pagados en efectivo.
por IVáN GARCíA
 

Desde hace varios años se debate en el Congreso de Estados Unidos sobre la autorización de viajes a la Isla de ciudadanos norteamericanos. Si el embargo se mantiene todavía es a causa de un grupo de políticos estadounidenses que todavía lo apoya. El otro responsable es Castro; el comandante único no ve con buenos ojos el acercamiento y el alivio de tensiones entre las dos orillas, y siempre provoca un conflicto cuando se avizora el fin de las medidas comerciales. Recuérdese el derribo de las avionetas de Hermanos al Rescate el 24 de febrero de 1996, el encarcelamiento de 75 opositores condenados hasta 28 años de prisión y el fusilamiento de tres secuestradores que intentaban huir hacia Estados Unidos.

El régimen cubano plantea en todas las tribunas que el embargo es injusto y abusivo, pero no reconoce que las mayores restricciones las tiene contra su propio pueblo, al limitar las libertades individuales y la iniciativa económica privada. Mientras los políticos de ambos países le sacan lasca al tema, el cubano simple, cuando le caen unos pocos dólares en el bolsillo, va a la carrera al mercado para comprar comida, y si es norteamericana, mucho mejor.

Es lo que hace Agustín, 27 años, padre de dos hijos, cada vez que su hermana le manda el billete verde desde Miami. "Hoy compré arroz a dólar el kilo, manzanas a 30 centavos, muslos de pollo a 1,60 el kilo, y picadillo de pavo a 1,25 la libra. No me puedo quejar, la comida yuma es de primera", indica Agustín satisfecho.

No puede decir lo mismo Dulce María, una anciana de 80 años, que vive sola y que espera con impaciencia que Dios se la lleve. "Yo no tengo familia en el extranjero, vivo con mis cien pesos de jubilación y tengo que comer lo que dan por la libreta, que es poco y malo. Paso hambre", dice la anciana sentada en un sillón en el portal de su casa, aburrida y viendo las horas pasar.

Como ella, hay un 40 por ciento de cubanos que no reciben remesas del extranjero, ni laboran en firmas foráneas, donde pagan un por ciento en divisas. A este segmento de la población bien poco le importa que Castro haya comprado 500 millones dólares en alimentos en Estados Unidos. "Me da igual, en mi mesa no aterriza esa comida yanki", dice con una sonrisa Luis, un negro retinto de 42 años, que vive en el marginal barrio de Belén, en la parte vieja de La Habana.

A pesar de todo, los cubanos ven con buenos ojos que aunque sea con dólares se vendan productos de Estados Unidos, y si cesara el embargo, pues mucho mejor. "Imagínate, americanos por doquier, forrados de plata, eso sería bueno para mi y la economía nacional", dice un taxista particular que maneja un viejo Ford de los años cuarenta. "Hay que esperar, pero eso va a llegar, al igual que las Mc Donald", agrega el taxista mirando al cielo. Y si algo se sabe en la Isla es esperar.

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