www.cubaencuentro.com Viernes, 16 de julio de 2004

 
  Parte 2/2
 
Barcelona: El sabor de la Materva
¿Cómo es posible que una tienda situada al otro lado del océano esté tan surtida de todo lo que en Cuba escasea o ya no existe?
por MANUEL PEREIRA
 

Cuando yo compro ese mismo mango, recuerdo a mi familia que está en Cuba y me pregunto cuándo fue la última vez que vieron un mango, a cuántas tajaditas por cabeza tocaron, me pregunto si el mango estaba tan apetitoso como éste de aquí, si lo adquirieron por la libreta o por la libre, si lo compraron en dólares o en pesos cubanos, o, más bien me pregunto cuánto tiempo hace que no ven un mango, cómo voy a comerme este mango sin acordarme de ellos, y un sinfín de preguntas que los colombianos o las dominicanas que me rodean no se formulan ni por asomo.

Sus familias, allá en sus países de origen, también pueden comprar todos estos frutos y mercancías sin ningún problema, pero ése no es mi caso, ni el de ningún cubano condenado al ostracismo. Lo cual, de paso, demuestra que todos los emigrantes no somos iguales.

Cuando ellos compran una yuca, compran una yuca a secas, yo en cambio compro un recuerdo, adquiero un vestigio de una civilización perdida, rescato un resto del naufragio, compro un amuleto, obtengo una alegría y una tristeza. Para mí entrar en este Colmado es asistir a un funeral. Al mismo tiempo equivale a viajar hacia atrás en el tiempo. Todo el Colmado se transforma en la Máquina del Tiempo de Wells.

Rodeado por el perfume de las frutas, paseándome entre estanterías llenas de etiquetas deslumbrantes, de pronto me encuentro con una raspadura, que en la tienda llaman "panela" porque viene de Colombia, pero que sabe igual que las nuestras de antaño. Un solo mordisco a ese pan de azúcar basta para transportarme al central donde trabajó mi padre en su juventud, el ingenio Dolores, allá por Jovellanos, en la provincia de Matanzas.

De niño él me llevaba a ese batey y yo olfateaba en el aire el penetrante olor a melado que impregnaba la atmósfera. El aire olía que alimentaba. Y allí comía raspaduras a montones. A la ida y a la vuelta, pasando siempre por las Cuevas de Bellamar, yo iba comiendo raspaduras en el tren.

¿Qué rayos pasó con la raspadura en Cuba? Que yo sepa, eso nunca fue unaexquisitez, siempre fue un dulce de niños pobres. ¿Qué diablos tiene que ver el "bloqueo" imperialista con el azúcar mascabado que es un producto tan acendradamente nacional?

El gobierno creó los Fruti-Cubas allá por los años setenta u ochenta. Al principio se suponía que esos establecimientos iban a ofrecer toda la fruta de la Isla, pero no duraron nada, fueron una burla. Siempre estaban vacíos, y cuando por casualidad llegaba algún rabanito del campo, había cola y matazón. ¿Qué pasó con el quimbombó? ¿Qué pasó con las piñas de Zequeira? Las huertas de los chinos que rodeaban La Habana desaparecieron como barridas por un ciclón.

Un gobierno que fue capaz de enviar un ejército de decenas de miles de soldados a Angola y mantenerlo allí durante quince años ha sido absolutamente incapaz durante más de cuarenta años de abastecer de frutas y viandas a la población, en trayectos de camión que no son nada comparados con los once mil kilómetros que separan a La Habana de Luanda.

En todo esto pienso cada vez que visito el Colmado Afrolatinoamericano de la Vía Layetana.

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