La soberanía de ficción
Los exiliados cubanos, por su parte, fueron la avanzadilla del conservadurismo durante la era de Reagan —y odiados, consecuentemente, en razón de ese anacronismo. No debía culpárseles por haber tratado al cuadragésimo presidente como a un padre postizo, o a un padrastro amado. Al vacío de representatividad política en nuestra anulada república debe achacársele el trato exageradamente familiar. Nuestra soberanía es una ficción, no por obstinada menos ficticia, y cada presidente norteamericano —desde Eisenhower— ha sido también "nuestro presidente" de facto.
Mucho ha llovido desde los tiempos en que Reagan vino a comer congrí a la Esquina de Tejas: ahora, no sólo el cuadragésimo, sino el primer y el tercer presidentes, circulan en los fulas que falsifican nuestra soberanía, suplantando a Maceo y a Martí, que ya no significan nada, ni en el papel. Si éste no es el signo seguro de la bancarrota de una nación, ¿qué lo sería? Los reaganistas criollos actuaban guiados por un finísimo sentido de las leyes del parentesco en la Realpolitik.
En camino a la cola para entrar en la capilla ardiente hay una entrada a los baños públicos. Me desvié para husmear en los salones de exhibición de la biblioteca y encontré una réplica exacta de la Oficina Oval en tiempos de Reagan, reproducida hasta en los más mínimos detalles. Desde unos discretos altoparlantes, el presidente —con la voz impostada de un actor de Hollywood— narraba episodios pintorescos del período en que fue inquilino de aquel despacho. Recordé que, hace sólo 228 años (la edad de la Unión americana), a un actor muerto se lo arrojaba a una fosa común. Resulta conmovedor comprobar los honores que se le rinden en su fastuosa biblioteca a un actor mediocre, que recibiera de manos de un ingeniero agrónomo el mandato de la nación más poderosa del mundo.
Por fin entramos de la mano, mi esposa y yo, a la capilla donde velaban al muerto: una rotonda guardada por jóvenes cadetes, los salvaguardas de la continuidad ininterrumpida. Rodear el féretro, andando a paso lento, tomó un minuto —después de pasarnos horas en el tráfico y en las colas—, pero valió la pena. John Kerry, el candidato a la presidencia por el Partido Demócrata, entraba al velorio en ese momento, seguido de su comitiva.
La muerte de Ronald Reagan es, de cierta manera, una victoria para el GOP. Es también, de alguna manera, una muerte optimista y patriótica. Tampoco podría explicar por qué me parece que las demostraciones públicas de simpatía son un mentís a la prensa liberal. Lo que sí sé es que los cubanos no estaban solos en su admiración por Reagan, y que el velorio de Simi Valley es una especie de postergada vindicación de su sabiduría política. |