www.cubaencuentro.com Viernes, 09 de septiembre de 2005

 
   
 
Canarias: Trances diabólicos
Últimas víctimas de los atentados de Londres: el emigrante brasileño que huyó por no estar legal y el agente británico que lo tomó por un terrorista suicida y lo mató.
por MANUEL DíAZ MARTíNEZ
 

En los años iniciales de la revolución, yo era redactor del diario Noticias de Hoy, que se editaba en La Habana. Era la época en que jenízaros batistianos que no habían podido escapar con el dictador cometían atentados y actos de vandalismo, aprovechando el desorden creado en el país por el brusco cambio de régimen. El edificio de nuestro periódico fue atacado con granadas en dos ocasiones. Para protegernos, los empleados nos constituimos en milicia.

J. C. Menezes
Jean Charles de Menezes, el emigrante brasileño abatido en Londres.

Una madrugada, estando yo de guardia en la íngrima trasera del periódico, un automóvil entró en la calle, en sentido contrario, desde una esquina próxima. Con los faros encendidos al máximo, avanzaba lentamente. Me parapeté detrás de un poste del alumbrado público y di el alto. El automóvil no se detuvo. Entonces, dando otra vez el alto, monté mi viejo Garand y apunté hacia el sitio del conductor. Como el automóvil siguió avanzando hacia mí, apreté el gatillo. El fusil, una reliquia de la Segunda Guerra Mundial, no disparó.

En ese momento, el coche se detuvo, se apagaron los faros y un individuo sacó medio cuerpo por una ventanilla agitando los brazos y gritando "¡no tire, miliciano, somos del Ejército Rebelde!". Él y otros dos saltaron a la calle con las manos en alto. Eran de la Sierra Maestra y no conocían La Habana. No oyeron mis voces porque venían conversando y con la radio encendida. El chofer paró cuando me vio apuntándole desde el poste.

Gracias a que mi fusil no funcionó —luego nos dieron unas metralletas checas que al rozarles el gatillo vaciaban el cargador en un soplo— hoy no arrastro un mal recuerdo como el que atormentará de por vida al policía que mató al joven brasileño en el metro de Londres. Y gracias a que aquellos locos eran lo que dijeron ser y no lo que, por lo dicho, pensé que eran, hoy puedo hacer el cuento.

Por mal que se sienta el agente que disparó a quien no era sino un simple emigrante temeroso por tener caducados los papeles, peor, infinitamente peor se sentiría si, por incumplir las órdenes recibidas, hubiese permitido que de nuevo un terrorista kamikaze llenara de cadáveres destrozados un tren de pasajeros. Este agente no le disparó a un indocumentado inofensivo, sino a un hombre-bomba que después se comprobó que no era tal.

Matar es un verbo severo: designa una acción definitiva, sin marcha atrás, sin posibilidad de rectificación. Evitemos matar. Pero también evitemos que nos maten. Si tenemos, como el policía de Londres, la misión de proteger a los pasajeros de un metro que ha sufrido y puede seguir sufriendo atentados mortíferos, no nos queda otra opción, en circunstancias similares, que actuar como él.

El infortunado emigrante brasileño y el celoso agente británico que, por la conducta alarmante de aquél (se dio a la fuga cuando le dieron el alto), lo tomó por un terrorista suicida y lo mató son, en el momento en que concluyo este artículo, las últimas víctimas de los atentados de Londres.

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