www.cubaencuentro.com Viernes, 09 de septiembre de 2005

 
   
 
Cubanos sin Celia Cruz
A la memoria nacional debería devolvérsele no sólo lo que se preservó con nostalgia en el exilio, sino la experiencia vital y cultural de la insularidad.
por YESENIA FERNáNDEZ SELIER, Nueva Jersey
 

Hace poco, cuando trabajaba en un restaurante cubano en Nueva York, un boricua que devoraba un suculento sándwich cubano, mientras escuchaba a La Reina, me preguntó: "¿y qué será de la vida de Pedro, el marido de Celia? No supe que decirle… Él me espetó: "ahora hay unas cuantas que dicen que son La Nueva Celia, pero como esa no canta nadie, ella tendría que resucitar de nuevo para cantarnos a todos. Celia Cruz es una sola".

C. Cruz
Celebración de los funerales de Celia Cruz.

Hice mutis por el foro como pude, porque siempre es muy difícil explicar a quien no conoce la realidad de la Isla, que hay otros millones de cubanos que hemos crecido arrullados por voces menos gratas. No es que allá estuviésemos completamente a espaldas de la existencia de Celia Cruz, porque aunque la política se lo proponga seriamente, no se puede ocultar —al menos no todo el tiempo— el sol con un dedo. Como tantos otros artistas y escritores, Celia fue una guerrillera clandestina.

Tengo que admitir que siempre hubo en mi vida alguna pieza, de la grandeza de Celia, la primera, como arrullo. A principio de los ochenta, mi abuela setentona —que en santa gloria esté— me cantó alguna que otra vez aquello de "Songo le dio a Borondongo". Aquella intrigante copla, tarareada a la vera de mi hamaca, avivaba mi curiosidad y espantaba toda posibilidad de conciliar el sueño, con su aliento de conjuro mágico incomprensible. En los momentos en que la nostalgia se aquilataba entre los más viejos se deslizaba en voz queda: "Celia y la Sonora Matancera: ¡ay, que tiempos aquellos!".

Años más tarde, cuando alguien devuelto por las misiones internacionalistas se sacudía el polvo del camino, desenfundaba siempre algún que otro casete, descargando el comentario sorprendido: "Celia Cruz, afuera, es una reina, la gente la adora". Y así también los estudiantes africanos que tan populosos fueron tiempo atrás en Cuba, que hablaban con emoción de la histórica visita de Celia y la Fania All Stars a ese continente, y eran de los pocos a los que apenas importaba poner en becas y fiestas, a todo volumen, la voz potente de la Guarachera de Cuba.

Cuba no es sólo la Isla

Cuando Celia murió, aún yo estaba en Cuba. Por un agente anónimo y atrevido que copió la noticia de Internet sin ser visto, supimos de las multitudes que rindieron honores a La Reina. Esa noticia no fue titular de Granma ni de Juventud Rebelde. A Celia Cruz, su pujante carrera y su rotundo estrellato, se le han rendido homenaje bajo muchos cielos: calles, parques y plazas ostentan su nombre. Y más aún, el Museo Nacional de Historia del Smithsonian Institution, de Washington D.C., inauguró el pasado 18 de mayo una magnífica exposición que recoge los detalles de la vida y obra de Celia, la primera dedicada a una figura latina en sus 159 años de existencia.

Celia y el sándwich cubano guardan hoy un paralelismo fatal: el destierro intencional de la memoria del 70 por ciento de los cubanos. Más allá de la chanza, en ello se perfila uno de los síntomas de una verdadera tragedia cultural, que se conecta con la dislocación de nociones fundamentales como Estado y nación. El Estado cubano ha exacerbado hasta el cansancio su condición nacionalista, al seleccionar convenientemente qué y quién representa y/o pertenece a Cuba. Lo que pervive más allá del contorno insular no forma parte de ese universo, o sólo convenientemente. De ahí que se transforme la insularidad en vicio y se haga creer a generaciones enteras que Cuba es únicamente la Isla y lo que sobre ella está.

A la mente avezada y preocupada por el futuro nacional no puede bastarle con saber, sino que debería declarar guerra abierta contra lo que el intelectual cubano Rafael Rojas llama "la política de la memoria". A la memoria nacional debería devolvérsele no sólo lo que se preservó con nostalgia en el exilio, sino la experiencia vital y cultural de la insularidad, mirada por ese exilio, muchas veces con desprecio.

"Si en la futura transición la cultura cubana experimenta una suficiente libertad intelectual, la educación cívica del nuevo régimen podría surgir de un consenso entre la memoria de los diferentes actores. El vacío simbólico de las élites políticas sería llenado con una narrativa plural y serena de la historia de Cuba, en la que todos los sujetos del pasado ocupen un lugar en la memoria", escribe Rojas en su libro La política del adiós.

Cuba no es la Isla, sino que late y vibra bajo muchos cielos y en lo más profundo del corazón de muchos. Lo cubano no puede reducirse a una fórmula, a una ecuación, y mucho menos a una opinión y un estilo de vida. Hemos sido y somos una nación diversa y no podrá haber un futuro promisorio sin el reconocimiento de ese complejísimo universo.

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