Cientos de títulos, algunos con decenas de ejemplares. Imagínese usted, en los aviones no faltan los periódicos del día, y el viajero que viene leyendo a Reinaldo Arenas y compañía, o digamos a la revista Encuentro, al tocar tierra el avión en La Habana, los deja en el asiento.
Otras historias
Ella conocía al lector de Montaner de verlo entrar en el edificio, a alquilar. Un arquitecto muy serio, ya jubilado, que se gastaba en eso los dólares que de Miami le mandaba una hija, pues era un lector empedernido y el dueño de la biblioteca, sobrino de ella, cobraba caro. Hasta veinte pesos diarios por título, y diez o quince los otros, en dependencia de la novedad y el momento. Los de Cabrera Infante, con el fallecimiento de este autor, estaban hoy por las nubes.
Sin transición, me habló de una amiga importante, contemporánea de ella, que tenía dos hijas importantes, una en La Habana y la otra en el extranjero. Antes de sentarse a escuchar sus programas preferidos de Radio Martí, esta amiga anunciaba bien alto: "Nadie me moleste ahora, que voy a monitorear la radio enemiga". De este modo, si tuviera micrófonos instalados en la casa, o la descubriera un vecino malintencionado, quedaría justificada.
Su sobrino, el dueño de la biblioteca, conocía a un militar que tenía en su biblioteca hasta a Trotsky. ¡Ah!, pero ese hombre, previendo que en un día se le metiera en su casa la contrainteligencia militar, había ideado una técnica muy ingeniosa. Refutaba en los márgenes del libro las ideas del autor, sin que faltara el insulto. Al final, el libro habría sido pagado por la CIA. Y al arquitecto, ya lo vimos, con su libro de Montaner forrado con una lámina de la foto de José Martí en Kingston, metido en su trajecito triste.
Rabia le daban a ella estas cosas, porque tenía un hijo que era un pajuato, un agente del Ministerio del Interior que se pasaba la vida persiguiendo los bancos de películas clandestinos, los alquileres ilegales o que siendo legales permitían introducir jineteras a medianoche, las ventas de casas o de automóviles entre particulares, las permutas por dinero, las "paladares" que ponían más mesas de las permitidas, las antenas parabólicas de TV disimuladas en las azoteas para ver a los canales extranjeros, esto mismo de los libros enemigos…
En fin, que cada día estaba más flaco el muy tonto con tanto ajetreo, y el delito por su parte siempre adelantándosele. Era una pelea que de antemano le tenía ganada. No hacía tanto un muchacho de menos de treinta años se había casado con una señora enferma de cáncer que le triplicaba la edad. Todo el barrio sabía que lo hizo para poder quedarse con la casa de ella, y que esa boda le costó 50.000 dólares que, en Miami, el padre de él le situaría a una hija de la viejita en plan de irse para Nueva York.
Pero eran cosas que no podían probarse. Y el hijo de ella, enflaqueciendo y sin tiempo para atender a su familia. Por eso ella ahora se había dado gusto asustando al arquitecto, me decía en el momento en que, ¡cataplum!, se produjo el apagón y hubo que abandonar el policlínico, ahora todo el mundo hablando de cosas serias. |