www.cubaencuentro.com Viernes, 18 de julio de 2003

 
  Parte 1/2
 
Tras el encanto inicial
Residente en París y ganador del premio Telegramme con su novela 'Maestro!', el escritor, dramaturgo y cineasta Eduardo Manet revela las razones de su doble exilio europeo.
 

El dramaturgo, novelista y cineasta Eduardo Manet (Santiago de Cuba, 1930) obtuvo recientemente con la novela Maestro!, inspirada en la vida del violinista cubano Claudio José Brindis de Salas, el premio Telegramme, otorgado en su primera edición por el prestigioso diario galo del mismo nombre.

Cartel Eduardo Manet

Reconocido en Francia, y a pesar de una prolífica obra desarrollada en los últimos cincuenta años —obra que incluye más de una veintena de títulos entre novelas y piezas teatrales—, Manet es apenas conocido en la Cuba actual. Sin embargo, espiritualmente, declara jamás haberse ido del país donde nació.

Usted salió dos veces de Cuba, antes y después del castrismo. ¿Cuáles fueron las razones?

Las dictaduras. Yo llegué a París a fines de 1951 para hacer estudios de teatro y literatura. Pensaba quedarme dos o tres años, pero en marzo del 52 Batista dio el golpe de Estado. Entonces pensé que tendríamos un dictador por años y años, como Trujillo en Santo Domingo, Somoza en Nicaragua o Stroessner en Paraguay. Antes que regresar la Isla, —donde no podría haber escrito en libertad—, decidí establecerme en Europa, escribir en otra lengua. O sea, fue un corte total. Franco estaba en España… salvo en México, había dictadores en toda la América Latina.

Empecé a escribir en italiano, y luego me establecí de manera definitiva en París. Gracias a mis estudios de mimo con Jacques Lecoq, empecé a actuar en Francia. En 1960, la Revolución había triunfado y mis amistades de la época de adolescente, Alfredo Guevara, Vicentina Antuña, Mirta Aguirre, Edith García Buchaca y algunos otros, formaban parte de la dirigencia cultural de la Isla. Una invitación de la Casa de las Américas me hizo regresar a Cuba.

¿Qué sucedió después?

Me ofrecieron dirigir el Conjunto Dramático Nacional, entrar en la dirección de la Unión Nacional de Escritores y Artistas, dirigir para el Instituto de Cine…, en fin, el sueño de todo artista servido en bandeja de oro. El problema fue que poco a poco el partido único, el pensamiento único, la dictadura "del proletariado" que Fidel Castro representaba únicamente también, comenzaron a desencantarme. Hubo un deslumbramiento en los dos o tres primeros años de la Revolución. Luego vino el desencanto, poco a poco.

Yo viajaba por los países del Este: estuve en Moscú, Berlín, Varsovia. Como representante de la nomenclatura cubana tenía la oportunidad de conocer la nomenclatura de los países comunistas. ¡El horror! No exagero. Hubiese querido encontrar un comunista idealista, pero sólo vi comisarios cínicos. La visión de la Cuba del futuro se me impuso. Entretanto, durante esos viajes frecuenté también a artistas decepcionados o inconformes en todos los "países hermanos", sobre todo en Polonia y en la antigua Checoslovaquia.

Establecí contactos con artistas de gran calidad, como Otomar Krecjia, director checo que tuve el honor de invitar a Cuba. Cuando los tanques rusos entraron en Praga y el Líder Máximo dijo sí a ese espanto, decidí alejarme de nuevo del país. No tenía el coraje de convertirme en disidente y caer en prisión. Gracias a un proyecto de teatro en París, con mi pieza Las Monjas, pude obtener un "permiso" de seis meses para permanecer fuera de la Isla. Eso fue en septiembre de 1968. Desde entonces vivo en París.

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