La Iglesia ha expresado su voluntad muy clara de ayudar y de mediar en un diálogo nacional. Pudiera parecer un poco arrogante decirlo, pero creo que para todo el mundo está claro que la Iglesia Católica es la institución más preparada para ayudar en este sentido. El problema en Cuba es que una parte de los grupos implicados en la situación, y me refiero claramente al gobierno, no quiere el diálogo, no acepta el diálogo.
En Cuba vivimos bajo el signo del monólogo. Por lo tanto, la Iglesia, aunque tiene esta voluntad e insistentemente ha invitado al diálogo, ha encontrado la callada por respuesta. Hay un dicho que dice que dos no se fajan si uno no quiere. Lo mismo sirve para el diálogo. Dos no dialogan si uno no quiere. Yo diría que hay un paso más allá de este diálogo nacional, y es: ¿qué pasaría si la Iglesia iniciara un diálogo entre los grupos políticos, religiosos, culturales, fraternales, que no pasara por el gobierno?
Y cuando digo grupos, no sólo hablo de cubanos que están dentro de la Isla, sino también de cubanos que están en el exilio. Esto sería un reto para la Iglesia. Porque el gobierno lo podría interpretar como una agresión a su poder absoluto. En realidad, cuando uno va al diálogo, precisamente porque va al diálogo, renuncia a la fuerza, no agrede. Los que agreden son aquellos que no permiten que los problemas se solucionen con el concurso de todas las partes.
La reacción oficial a ese diálogo vendría, me parece, en forma de acusación: "La Iglesia se está metiendo en política".
La Iglesia es una parte de la sociedad, porque somos parte de la sociedad cubana, una parte cualificada de la sociedad, porque está estructuralmente organizada dentro y fuera del país, una parte que tiene una larga presencia en la vida nacional, desde hace cinco siglos, los cinco siglos de historia del pueblo cubano, y con una participación en ella muy concreta.
Cuando uno piensa, por ejemplo, en la labor que realizó Enrique Pérez Serantes a raíz del asalto al cuartel Moncada, cuando con su intervención salvó la vida de los sobrevivientes del asalto, uno dice, bueno, ciertamente, esto es algo muy en la esencia misma de lo que es la labor social de la Iglesia. Y esto no significa que la Iglesia se meta en política, porque lo que está en juego aquí es más que la política, que es sólo un sector de la vida social; lo que está en juego aquí es la vida misma, la vida en dignidad.
Pero enfoquemos el diálogo nacional desde la oficialidad. Si yo tengo el poder absoluto, si me afectan poco las medidas de presión externa y los moderados actos de rebeldía interna, ¿qué incentivo tengo para dialogar? Concretamente, ¿qué puedo ganar yo en ese diálogo?
Esta pregunta es importante, pero parte de premisas equivocadas. Si planteas el diálogo, su conveniencia o condiciones de posibilidad, desde un poder absoluto, desde los intereses de un poder que sólo pretende auto-perpetuarse, no puedes comprender su exigencia. El diálogo parte de premisas éticas a las que no podemos renunciar. Esas premisas son las de una vida digna, plenamente humana. Es la vida en libertad.
Si algo define la "humanitas", la esencia de lo humano, es la libertad, la capacidad de autodeterminación, de ser responsable de tus actos y de poder hacer con tu vida lo que tú mismo determines. Ese respeto a la libertad propia y ajena es una condición para la paz, como intuyó Benito Juárez al decir "el respeto al derecho ajeno es la paz".
Por eso, el diálogo forma parte esencial de la "vida justa", de la vida que deseo vivir porque es buena. Es una cuestión ética. Cuando el gobierno cubano se niega a dialogar, está traicionando la esencia misma del poder que ostenta, que es servir al bien común de todo el pueblo cubano. Un gobierno que no sirve a los intereses del bien común, que no sirve a los intereses de los ciudadanos que representa y a cuyo servicio está, es un gobierno ilegítimo y deslegitimizado. Porque el gobierno no es un fin en sí mismo, es un medio. Él tiene un fin, servir a la libertad y al bienestar de todos los ciudadanos. Si no lo hace, traiciona su razón de ser. |