www.cubaencuentro.com Miércoles, 15 de diciembre de 2004

 
  Parte 4/6
 
Un reto para la Iglesia
La Iglesia Católica ha expresado su voluntad de mediar en un diálogo nacional, afirma el padre José Conrado Rodríguez, en entrevista para 'Encuentro en la Red'.
por JORGE SALCEDO, Cambridge
 

El gobierno de Cuba debe mirar el diálogo con la sociedad cubana como un imperativo moral. Los distintos grupos, iglesias, asociaciones, individuos, de dentro y de fuera, cuando exigen el diálogo, deben hacerlo como un imperativo moral: al reclamar el diálogo, reivindican su propia dignidad, rescatan su humanidad no respetada y crecen en libertad y responsabilidad.

Con el diálogo, todos ganamos. Incluido el gobierno, aunque pierda ese poder absoluto que lo invalida para servir, porque ese poder que aplasta, que se tiene que imponer no por las razones sino por las acciones, es un poder destructivo. Cuando yo quiero ilustrar la maldad de ese poder, retomo el cuento del rey Midas. El rey Midas todo lo que tocaba lo convertía en oro: una flor, su perro, hasta su propia hija… El oro es valioso, pero no más que una hija que te ama, que te acaricia y puede besarte, hablarte… la maldad de ese poder absoluto está en que destruye la vida, afecta a las conciencias, entristece al ser humano, lo llena de frustración y desesperanza.

Si el gobierno cubano fuera capaz de cambiar hacia una actitud abierta, más respetuosa de sus propios ciudadanos y sus intereses diversos, ganaría en autoridad lo que perdería en poder. Autoridad es poder espiritual, tiene que ver con el respeto y la aceptación libre y voluntaria, tiene que ver con la verdad, con la justicia, con la igualdad, con una sociedad capaz, de fraternidad y libertad, sin miedos y con mayores posibilidades de ser feliz y de hacer felices a las personas.

Dentro de la comunidad exiliada, la Iglesia ha puesto un énfasis particular en la prédica de la reconciliación. ¿Cuál ha sido su experiencia con los cubanos que vivimos fuera de Cuba?

Hablar de reconciliación a los cubanos del exilio puede ser visto de dos maneras, cuando la que habla de reconciliación es la Iglesia. Una, como una pretensión inútil, porque muchos cubanos se sienten en plena comunión con el pueblo cubano en la Isla, y entonces se ofenden si uno les dice que tienen que reconciliarse. 'Estamos reconciliados, ayudamos a nuestras familias, mandamos remesas, ¿cómo nos pide usted reconciliación…?'.

Otra parte dice, 'es imposible reconciliarnos con el gobierno de Cuba, porque ese gobierno ha sido la causa de que nosotros hayamos perdido nuestra patria, nuestros bienes, nuestras vidas, tal y como las queríamos vivir'. Sin embargo, es una realidad que hay una ruptura, hay una situación de división, de oposición, de lucha, de parte de los comunistas cubanos y de parte del exilio.

Por eso el problema pudiéramos plantearlo de esta manera. En Cuba hay una inmensa mayoría silente —yo escribí esto ya hace varios años— y dos minorías vociferantes. La inmensa mayoría silente es el pueblo cubano, la inmensa mayoría del pueblo cubano en la Isla y en el exilio, que quiere encontrar el camino del futuro, que quiere normalizar la situación del país, que quiere lograr una Cuba con todos y para el bien de todos.

Hay dos minorías vociferantes, que son el gobierno de Cuba, y ciertos elementos de Miami que se dedican a sembrar una actitud que ellos piensan que es patrióticamente combativa, pero no se dan cuenta de que en el fondo excitan los peores sentimientos que pueda haber en el corazón del ser humano. Llega el momento en que tiene que surgir una voz diferente, y poco a poco va surgiendo, poco a poco se va manifestando y se va organizando, una voz diferente que realmente logre la aceptación del otro como distinto y diferente.

En el ámbito de las relaciones Cuba-Estados Unidos, la Iglesia ha abogado repetidamente por el levantamiento del embargo. Los críticos de la Iglesia han caracterizado esta posición como un quid pro quo con el gobierno cubano para facilitar la labor de la Iglesia en la Isla…

La Iglesia se ha comprometido tan claramente con la defensa de los derechos humanos en Cuba, que acusarla de querer manipular estas cosas para lograr privilegios no sólo es injusto, sino totalmente falso. La Iglesia se opone al embargo desde el principio de la legalidad. Ningún gobierno debe usar ese acto de fuerza contra un pueblo, porque los que sufren realmente no son los gobernantes, son los pueblos.

Los gobernantes, los que tienen el poder, siguen comiendo, siguen vistiendo, siguen viajando, tienen todas las posibilidades, mientras que la gente vive bajo un sufrimiento realmente espantoso, como es la situación de Cuba. El principio fundamental es no utilizar medidas de fuerza. Sin embargo, no es menos cierto que cuando un pueblo es rehén de un gobierno, de algún modo hay que presionar a ese gobierno. No lo debe hacer una sola nación. Eso debe ser obra de muchas naciones, y siempre con el propósito de buscar una salida, una solución al problema.

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