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Encuentro en la red - Diario independiente de asuntos cubanos
Lunes, 10 de marzo de 2003
 
Humor »La columna de Ramón
 
Carta a las Papas Rellenas de 'El Faro'
por RAMóN FERNáNDEZ LARREA, Barcelona
 

Doradas, evanescentes y míticas Papas Rellenas de "El Faro":

Cuentan que un viajero llegó un día a Guanabacoa al anochecer, y sin sacudirse el polvo de la ruta 5 —que lo restregaba y machacaba por todo Luyanó— no preguntaba dónde había toques de santo, bembeses o tiros clandestinos de láguer, sino cómo se iba adonde estaba aquella cafetería "El Faro", famosa por sus papas rellenas. Y cuentan que el viajero, solo con los árboles esmirriados y medio quejosos del parque, cuidándose de que no lo aplastara una Leyland o que un lucumí de La Jata le decomisara la cartera, lloraba en la esquina de Pepe Antonio con Máximo Gómez, frente a la cochambrosa barra, que parecía que se movía —eran las cucarachas— porque nadie recordaba el redondo manjar que hizo famoso tal sitio en toda la tierra.

Aquel viajero era yo. Si me demoro más hubiera sido un viejero. Y un viejero fue lo que encontré aquella tarde en la más famosa villa de La Habana, la villa de Ignacio Villa: Nuestra Señora de la Asunción de Guanabacoa, envillecida por Felipe V en 1743. Parece que, como Nuestra Señora había asumido ya todas las cosas en la tierra, las que me tocaban a mí estaban hechas una pocilga, desperdicio puro, sobras completas. En las victoriosas banquetas que quedaban en pie, erguidas, oxidadas pero hermosas, sensuales en su esbeltez, una invicta tropa de jubilados aspiraba a meterle el diente —o los pocos que les quedaban— al rancho de zafarrancho que, a precios de sancocho, perfectamente irrisorios, despachaban unas animosas y estropeadas compañeritas. Nadie tenía memoria de las papas rellenas, tesoro gastronómico cuyo anuncio me hizo salir de mi pueblo oriental, sin más orientalación que la promesa lujuriosa de probarlas.

Pero creo necesario, y qué digo necesario, imprescindible, loable, demagógico, útil, pedagógico y pegajósico, ubicar al desmemoriado lector de tabaquería que visite —por algún error de cálculo— el hermoso pueblo que les vio nacer a ustedes, compartiendo fama y territorio con el maestro Ernesto Lecuona, José Antonio Gómez Bujones, Alberto Mateu el violinista, Bola de Nieve, José Alemán (que les probó a ustedes con trabajo. Ah, no, que tocaba el contrabajo), Juan Arrondo, el maestro Jesús Ortega (dice él), Rita Montaner, el tenor Adriano Rodríguez, Adolfo del Castillo, Néstor de Aranguren, Carlos Malcom, Arcadio Calvo Espinosa (siá cará) y Alejo Carpentier (que fue el primer extranjero en pasar por allí, al equivocarse de ómnibus. En vez de agarrar el 76 para el aeropuerto, se montó en una 95)... ( Me gustaría poner aquí también a Pancho Majagua, porque no tenemos trovadores. Pero nació en Regla. Bueno, para como está el transporte, mejor lo incluyo)... dando una exacta —o más o menos— semblanza geográfica del territorio, a la que le haré amables comentarios de mi propia expiración. Y dice:

"Guanabacoa: Municipio de la Ciudad de La Habana, situado al NE de ésta, en los 23º 08' lat N (esta clave quiere decir, que está fuera de la ciudad, a unos 23 legrados de ella. Lo de lat N supongo sea "látex negro", por la fábrica textil)... y los 82º 23' long (o sea, de largo, o que caben 82 paraos. Como el Granma)... Área y Población: 127,4 km cuadrados (nunca me he podido explicar cómo puede uno vivir en coma, o en coma cuatro kilómetros, aunque hay quien sobrevive en una cuarta de tierra); residen (esto es un eufemismo, debiera decir "quedan") 105 mil habitantes. Geografía física: Se encuentra en la llanura de La Habana-Matanzas, su relieve es ondulado (se pone rulos y luego se hace el permanente), su altura máxima es de 139 m. Su hidrografía está representada por los ríos Bacuranao y Martín Pérez, prevalecen los suelos fersilíticos rojos (alegre color), pardusco, ferromagnesial (ideales para la cosecha de tubérculos con los que confeccionar papas rellenas)".

No se me sienten, no se me salgan, no se me vengan... encima. Hay más. En esos profundos datos se dice además que allí se explota el ganado vacuno. Y eso lo puedo asegurar yo, que casi no podía dormir de tanta explosión. Pero también se apunta (y se banquea): "El Centro Histórico Urbano de Guanabacoa (C.H.U.) cuenta con una extensión aproximada de 67 ha (alrededor de unas 92 manzanas) (debiera decir "papas rellenas"), cuyos límites corresponden con la Zona de Valor Histórico Cultural (Z.V.H.C.), reconocida como el área más antigua de La Villa y donde se concentran las funciones de 'Centro de Ciudad' (C.C.), con más de 450 años de antigüedad. Este Centro Histórico Urbano (C.H.U.) está declarado como Monumento Nacional (M.N.), por la Comisión Nacional de Monumentos (C.N.M.), amparado por la Resolución # 78, de enero de 1990... Esta Zona de Valor Histórico Cultural (Z.V.H.C.), delimitada como C.H.U., se divide en dos sectores de protección: SP-1: Sector Monumental (S.M.) y SP-2: Sector Ambiental (S.A.)...". Existe también dentro del S.M. o en el S.A. otro sector: el Sector de la Policía (S.P.), pero no lo contamos porque no tiene un ambiente muy arquitectónico. Y menos cultural.

Así las cosas, y ya con una definición lo menos clara posible del territorio, podemos comenzar a hacer historia. Me atrevo a apuntar ciertas nimias observaciones a la sabrosa prosa anterior (no tan sabrosa como aquella carne blanca que poseían ustedes): No sé si los amables lectores se habrán fijado bien, pero en ninguno de los Sectores Antes Mencionados (S.A.M.) se habla de ustedes, mis adorables, inexpugnables, legendarias golosinas. Y juro aunque sea un perjuro, que recorrí los 127,4 kilómetros cuadrados a la redonda, preguntándole a cada uno de los 105 mil habitantes, a 139 metros de hartura, y nada. Nadita, nadancio, nadadera, que —miren lo suspicaz que soy— como el vocablo Guanabacoa es aborigen y significa "lugar de mucha agua", es el sitio ideal para quien nada de nada.

Aseguro también —y lo juro sobre la Ermita de la Inmaculada Concepción y Santo Cristo del Potosí (que nunca entendí bien qué hacía ESE allí, a menos que hubiera ido, como yo, también a buscar papas rellenas)— que peiné arduamente todo el C.H.U., haciendo hincapié —esto es muy indígena de mi parte— en la Z.V.H.C., porque al valor nutritivo de ustedes se uniría —suponía yo— cierto valor cultural (C.V.C.), o, tal vez un mínimo valor folclórico (M.V.F.) ¿y qué hallé? Sólo cenizas, desmemoria, fantasmas. Ni siquiera un rastro del aceite donde las freían en "El Faro" (E.F.).

Iluso yo, guajirito soy, aunque en aquella época no era todavía lo que se llama un "iluso" completo, sino "iruso", porque andaba un poco inflamado por el marxismo de los soviet. Creía en todo. Era un verdadero creyencio. Por eso revolví la Villa de arriba abajo, creyendo en aquel lema revolucionario que anunciaba que "Hay de todo en la Villa del Señor". Con esa misma ilusión hice el siguiente razonamiento: si nadie las conoce en la esteparia realidad koljosiana, es que pertenecieron a otra época turística. Y así me metí en el restaurante "El Colonial", justo al lado de "El Faro". Inútil. Inútil el administrador, el servicio y mi gestión. Terminé sin ingestión. Así, Bertematis arriba, Cruz Verde a ambos lados; Jesús Nazareno pallá, División pacá. Ni una cáscara. Ni una sola huella. Ni restos de pan rallado de sus alegres envolturas. ¿Qué está pasandio, qué ha sucedidio? La respuesta estaba en el viento. Un señor de unos 437 años, enarbolando un colmillo en su boca y una jaba de yute en la mano, me dio otro norte, revuelto y brutal, que era en realidad un norte frío. Le escuché mascullar algo así como: "Eshto esh una mierda. Todo lo bueno eshtá en Mayami". Y allá fui, al "Miami", una ratonera gastronómica cercana a Maternidad de Fátima. Pero allí, ni el sin par Julito —que nunca había sido pescador— con trazas de haber estado en la fundación del Liceo de Guanabacoa, aquel 16 de junio de 1861, se acordaba de las papas, aunque tenía en el cuerpo muchos cardenales.

En esa arqueología se me fue el tiempo. Crecí más de tres pelmos, lo que me convirtió en pelmazo. Un pelmazo de ingenuo descentralizado, y eso que el lema revolucionario decía: "Quien tiene un ingenuo tiene un central". Me puse enorme y colorado como un chino, aunque seguí siendo insignificante comparado con el proceso, que era "una revolución más Jaguëy Grande que nosotros mismos". Y una noche en que leía arrellanado, casi eyaculando de placer, "Qué hacer", de aquel insigne ruso con alopecia, por entre los surcos terrosos de mi fértil memoria, nació una papa. Es decir, escuché la voz de mi abuela Clorinda, dictándome la receta exacta para confeccionarles: papas o patatas como para hacer dulce. Si son patatas, es decir pequeñas, basta con un cubo o con un tanque de 55 galones. Hay que pelarlas. Y afeitarlas también, no sea que se pongan insurrectas. Huevos batidos (no importa contra quién se batan. Si están sudados y agitados por batirse, esperar que refresquen). Carne picada o cualquier cosa que sirva para rellenar (no se recomienda cartón, diplomas, guata de colchón o tela). Pan rallado (sirve también el religioso, rallado al palo). Y aceite, mucho aceite. O, en su defecto, aceite (El de yipi ruso no tiene un gusto muy decente que digamos).

Esa era la cosa. Y la cosa llevaba huevos. ¿Sería que faltaban huevos en la cosa? ¿Que unas papas (del quechua papa) nos iban a desgraciar el asunto por ausencia de posturas? ¿Qué postura asumían? ¿O el asunto era el aceite? ¿La Isla, para hablar con términos automotrices, perdía aceite? ¿Cómo íbamos a llegar al futuro prometido si no había aceite para el motor, y menos para las papas rellenas? ¿O era el relleno? ¿De qué nos rellenaban? Teniendo en cuenta que las papas —ese fruto tímido, también llamado vianda— son vegetales feculentos, que los españoles encontraron en América, y que se dan casi silvestre —y hasta un poco de Balboa y Troya de Quesada— yo no me explicaba su carencia.

No entendía nada. Un pueblo que pierde sus papas rellenas, léase también tradiciones, por falta de huevos, ofrece una lamentable imagen. Muchos años más tarde, escuché el Himno de Guanabacoa. Marcial, risueño, lírico, firme, pero nada gastronómico. Fue en 1996 y ya había yo dejado un agujero en el C.C. y en la C.H.U. El himno dice: "Reclinada entre verdes colinas y bañadas con agua de bien,/ se levanta la Histórica Villa con un solo destino, Vencer// Todos juntos, guanabacoenses que este tiempo nos llama a crecer,/ y alabar en la paz el futuro con un solo destino, Vencer". Me quedé harinoso, rallado como un pan. Y si actualmente el pan se elabora con boniato, ¿qué pasaba con mis papas? El Himno no las mencionaba. No aparecían la Asunción, la Virgen, el Carral, o los Esculapios. Pero, sobre todas las cosas, no estaban ustedes en la cazuela. Y de El Faro, igualmente nada. Aunque en el escudo (sí, Dios del celo, Guanabacoa tiene escudo, tal vez para defenderse en toda Regla) se ven dos altas torres. Sólo en mi mente metafórica se alzaba (palabrita peligrosa, Cheíto León) ese faro, cuando dice eso de: "se levanta la histórica Villa". Porque los faros se levantan, que si no, no son faros. Me quedé también muy preocupado con lo de vencer. ¿A quién? ¿Tiene Guanabacoa que vencer a alguien? ¿Será en una guerra a papa rellena limpia? ¿Cómo vamos a crecer sin el alimento tradicional de la Villa? ¿Sólo con "agua de bien"?

Luego esta mente mía, pertinaz y deformada, sacó sus malévolas conclusiones. Un lindo lema revolucionario también rezaba: "Cuba, Faro de América toda" (C.F.A.T.). Entonces me reí, primero con dolor, nerviosamente. Luego con cierto espíritu vengativo, como si se me montara un orisha con dolor de barriga. Todo estaba clarito como el chichipó. Si en "El Faro" habían desaparecido ustedes, era terrible lo que le esperaba a la pobre América. Todavía no imagino qué dirán los quechuas de todo esto cuando se enteren que no tendrán más papas rellenas. A lo mejor les da por acordarse de los huevos y arman un Machu Pichu. Que los quechuas se ponen muy Incas con sus asuntos. Y dicen que sus babalaos son tremendos.

Despapado y enfarecido

Ramón

 
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