Después de todos los engorros, siempre nos quedaría París. París era entonces un puñado de casas de cañas y barro, pero en francés, que ya va teniendo una onda más fulgurante. Y fue allí, en París, parisina y parida, que le dio a usted por lo confidencial, es decir, comenzó a torturar a las futuras generaciones con garabatos prolijos, tal vez aposentada en un derecho razonado de esta manera: "Pienso porque siento, y escribo lo que pienso. He aquí todo mi arte". Es curioso cómo ha cambiado la ciudad que usted se sacó de la mermelada del subconsciente. Conozco a muchos que han intentado ahora realizar una de las dos cosas, y no los han mandado precisamente a París. Los han puesto a parir, en una umbría dependencia poco infantil. Quisieron pensar. Quisieron sentir. Llevados por su hermoso razonamiento, escribieron. A mí me parece que al Napoleón tropical que padecemos no le gusta mucho eso de escribir lo que se siente, y menos que piensen lo sentido. Absoluto sinsentido. Quiere obligarles a que se arrepiensen y se lo sientan dos veces antes de emborronar cuartillas.
Después de la publicación de aquel sabroso e ingenuo libro de remembranzas, Mis primeros doce años, usted acribilló al público con cuatro mamotretos más, que no citaré ahora para no ser pedante —es decir, no pedar— y porque están en francés, y considero una desmesurada pérdida de tiempo ponerme a guasabear en ese idioma cuando tenemos tanto que soñar en español. Su vida transcurría muy parisina tras la otra fuga fantástica que dicto el descalabro del Napo en Europa. El pequeño corso —y con él todos a quienes arrastró en su batalla— había cumplido el inevitable círculo en redondo, eso que algunos filósofos y cronistas del corazón llaman "ciclo vital" —no confundir con la bicicleta en Cuba— que consiste en hacer una revolución, triunfar, instalarse quitando a los reyes, hacerse él mismo rey, padecer de afecciones estomacales, conocer la traición de tres mujeres: Josefina, Elba y Santa Elena, y abandonar súbitamente el medallero en contra de su voluntad, para que todo vuelva a comenzar con el retorno de los reyes. Los reyes son una plaga muy difícil de quitarse de encima. No se logra ni en el ajedrez.
En esa reposada vida de salón —¿vida en Salónica?—, que al evocarla me viene a la cabeza el bolero Entre espumas, de Luis Marquetti, fue creciendo una nostalgia que no aplacaban el vino, ni los alejandrinos de aquellos versadores con ansiedad gastro- intestinal, a los que su bondad les quitaba la neblina del buche, haciendo algunos gastros en víveres, a cambio de que le escucharan cantar. Sí, cantar, pues reseñas de la prensa de la época apuntan a que poseía una bien timbrada y balanceada voz, un vibrato respetable y un repertorio nada desdeñable. Como no han llegado grabaciones de aquellos, sus dulces berridos, a nuestros días, me permito la sombra de una duda. El personal artístico suele ser muy benévolo si mientras se grita le moja las entrañas con buen vino y lascas de aves o cuadrúpedos. Usted, cante, pero mientras, y para asegurar la concurrencia, ponga bandeja sobre bandeja y saque copas, que la trova sin trago se traba. En eso derrochó todas sus energías y, según parece, gran parte de su patrimonio. El matrimonio no, que ése se echó a perder cuando el amable conde de Merlín colgó el sable en 1839, dejando dolores en la tropa y en la tripa. |