La segunda fue ya como en 1980. Mi memoria no es cosa confiable —incluso la denuncié varias veces ante las autoridades— no ya en el sentido ideológico, sino en lo más práctico, pues aún mantenía —tal vez de forma más disciplinada y estricta— aquel tratamiento para el crecimiento a base de fecundos néctares de dulce gramínea, con un firme énfasis en los alcoholes de central y el aguardiente Coronilla —con tufo y todo—. Llevaba yo, como una banderilla clavada, la ardiente picazón de mi último fracaso, cuando usted volvió a aparecer, con aquella cara de sijú platanero, tras las armaduras negras, gruesísimas y raras de sus gafas. Parecían un antifaz de El Zorro, pero hechas en algún taller de Novosibirsk.
La emoción me embargó —por eso, desde entonces, estoy contra los embargos— y mis párpados cayeron —no olvide la medicación que yo seguía—. Entonces, me alcé cuán bajo soy, para abrazarle irremediablemente esta vez, embriagado de dicha —y de las medicinas ingeridas—. Debo aclararle que mi admiración, a esa altura de 1980 o el 81, no era ya puramente musical, que la merecía plenamente por haber puesto en órbita mundial parte de nuestra fauna canora: gallos, pericos, bueyes y gatos; había un más allá: yo nunca había tenido entre mis rudos y fláccidos brazaletes a un hombre nacido en Santiago de Cuba un 17 de enero de 1902. Creo que puedo absolutizar diciendo: nunca había tenido entre los brazos a un hombre. Con la familiar excepción de mi padre y el suyo, que era mi único abuelo, un hombre con muchas prisas para irse de este mundo y que, en su ardiente impaciencia, no esperó mi mayoría de edad. Mi abuelo sabía lo que hacía.
A lo que voy: lívido de emoción, levitando casi entre los efluvios de la Coronilla de nueve ochenta, admirado hasta el tuétano por aquella sana visión suya sobre nosotros los nacidos en infausta ínsula, y preclaro representante e impulsor del relajo vigueta conocido musicalmente como guaracha, me dirigí al sitio donde presumí se encontraba. Abrí los brazos como para abracar al mundo, a mi cultura en general y hasta en coronel, contuve el aliento y... me desalenté. Estaba abrazando a Alejandro García, Virulo, que se me había adelantado nuevamente y ya le tenía a usted, estrujado y casi desguayaberado, entre sus guitarrísticas garras. Qué frustración. Me consolé más tarde, escuchándole en una consola, y entonces se me murió el 4 de julio de 1982, que no todo el mundo es capaz de hacer eso, aguándole la fiesta al enemigo, o por lo menos al que uno muy cómico lleva cuarenta y pico de años diciendo que es "nuestro" enemigo. Vaya usted a saber si es sólo suyo, y el tipango, como aquella obrita suya que dice Qué bobo es Juan, nos ha hipnotizado en el empeño, buscando bulto para acompañar la guapería.
Es precisamente un poco por eso que le escribo, porque me ha venido la menstruación mental, y cuando eso sucede, comienzo a relacionar extrañas cosas, un poco a la manera de aquellos surrealistas que ligaban un paraguas con un quirófano, aunque yo personalmente luciferino y más real —no confundir con masarreal, que es veneno puro— sustituyo el paraguas por una cajita de estafilococos, y si pueden ser dorados, mejor.
Así las cosas, usted no sabe que le otorgó a la posteridad, que es el presente doliente del cubano, la manera, la arista perfecta para tirar a mondongo esas cosas tan serias que han seriado nuestra vida. Y esto lo digo porque cada vez que me viene a la mente, junto a ese fenómeno mensual y sangrante que me ovula, la imagen de ese que le digo que lleva tanto tiempo desguarachando el paisaje, metiendo unas tabarras apocalípticas tremendas, comienzo a cantar, automáticamente, una de sus creaciones de mayor éxito y polvorina universalidad: "María Cristina", esa que "me quiere gobernar". |