En esa corriente nació su Siboney, que más tarde dejó de ser un indio con un tabaco en la mano —tal vez el racionamiento— y un cocuyo en la boca —que en el transcurso de su transculturación se volvió un cocuyé— para convertirse en granjita y más tarde en Reparto que inundaron los que repartieron. Esa canción entraba dentro de lo lírico turbador, aunque usted haya escrito otras cosas más turbadoras que esa. Un amigo mío, nacido en territorio taíno, junto a las quietas y prietas aguas del Yumurí, canta esa canción como si celebrara la matanza de Caonao. De ahí viene posiblemente mi fobia. Lo hace con una voz tan aguda que no se puede calificar de soprano. Es más un pérforocantante.
La lírica, si es continua y constante más allá de la muerte, llega a empalagar. Lo estraga a uno como la sobreabundancia de guarapo o pirulí. Y provoca una gastritis tremenda. Caso contrario de lo épico y lo epónimo, que en el caso cubano, trae aparejada la castritis, y aguda. Muchas de sus canciones, criollas y boleros tienen ese exceso de melaíto en el seso. Aunque en algunas funciona todavía con muchísimo éxito y sugieren interpretaciones distintas cada vez. Nunca olvidaré aquel mediodía que visité, por pura equivocación, el Salón Rosado de la Tropical. Durante la eterna media hora en que aguanté a pie firme, no dejaba de tararear mentalmente su Noche Azul. No me lo he podido explicar todavía.
Sé que la escribió el 6 de enero de 1926, motivado por el asunto de los Reyes Magos. Teniendo en cuenta mi experiencia bailable en La Tropical estoy seguro de que se inspiró en Baltasar.
Otro caso de lirismo palúdico es Damisela encantadora, que prefiero recordar en voz de Esther Borja. Nunca pude aguantar la que cantaba el excelente Ramón Calzadilla. No me calzaba bien. Me parecía que la había grabado mientras le operaban de varicocelis. Precisamente en el momento en que le cosían con yute.
Para qué engañarlo, soy muy simple. Es uno de mis defectos más señalados, además de inteligente, honesto, buena persona y lírico del séptimo día. Por eso me gusta tanto Como el arrullo de palma, que es una de sus creaciones guajírico-sensuales más lozanas, y de las que logran hacerme la bucólica agua. Pero prefiero cosas más simples y directas, con cierto raciocinio —tantos años racionadio estimularon mi raciocinio— como esa de Eugenio Lahera que dice: "¿Cómo sabe en el palo que se rasca/ el macho cimarrón?// Hay que ver, y con qué gusto/ te pegas al mamoncillo,/ al anón, al caimitillo/ sin pasar siquiera un susto".
Y también aquella, con suspense añadido, que reza: "Por culpa de la chaucha/ mataron a Pato Macho,/ allá en el parque de Trillo/ jugando con los muchachos…". No me negará que son parientas de Como el arrullo de palma, al menos por parte de palmiche, y tienen el elemento ecológico vivo, ese macho que puede ser pato o cimarrón, dependiendo de la época del año y del apetito del letrista. |