Reconstructor: Si la voy a dejar de estreno, señora… Hasta novio se va a echar. Si hay otras que lo han logrado casi con sus años. Usted se pone a escribir versitos y verá. Deje que la instale en el Palacio de Junco.
Josefa Petronila: Ojo con el parietal. ¿Tú crees que despierte interés?
Reconstructor: ¡Si lo viejo está de moda! Aquí lo que no se mueva es lo que gusta. Y usted, más tranquila no va a poder estar. Mire la Constitución…
Josefa Petronila: Ven acá, mijo, una preguntica por curiosidá: ¿Alicita sigue en activo?
Reconstructor: (silbando una canción egipcia)… ¡Y no vea lo que le queda! Se le murieron los cisnes y le desecaron el lago, pero sigue, señora, sigue…
Josefa Petronila suspira calmada y se deja trajinar el occipucio.
Será mi perversa mentalidad lo que me hace imaginar ese encuentro, prolongado, jornada a jornada, durante 15 largos años. Y el formol en el ambiente. Y la momia acicalándose, dejándose hacer, tranquilita, palpitando al escuchar los pasos que se acercan. Y el doctor resolviendo por allá afuera huesos y huesillos, mandando a fabricar cabezales, bisagras, maxilares, peroneses. Y enfrentándose a los malos pensamientos, a las miradas turbias, a las sospechas que levanta su prolongada convivencia con añejos despojos; soportando a diario que, a su paso, alguien cante:
"En una horrenda noche hizo pedazos/ el mármol, dela tumba abandonada,/ cavó la fosa y se llevó en los brazos/ el rígido esqueleto de la amada.// Y allá en la triste habitación sombría/ de un cirio fúnebre a la llama incierta,/ sentó a su lado la osamenta fría/ y celebró sus bodas con la muerta…".
Porque el cubano es así entre apagones y tomates hidropónicos. Imagino al ensimismado doctor pasando por la calle del Medio, subiendo sudoroso por Milanés, contento porque le han mandado de afuera una falange, y sentir la voz gangosa del gracioso de turno, que deja caer los otros compases del fúnebre cantaíto, remedando las erres de Orestes Macías: "Ató con cintas los desnudos huesos,/ el yerrrto cráneo coronó de flores,/ la horrrrrrrible boca le cubrrrrió de besos,/ y le contó sonrrrrrriendo sus amores"… que no hay respeto, caballero, que no se reconoce el esfuerzo de quienes se desnucan por mantener el patrimonio.
Y no sólo habría de aguantar el pobre hombre la letanía de Villalón, sino las tabarras del administrador de la Provincia de Cultura o de la entidad a quien pertenecieran sus restos. No me extrañaría que se le acerque el espécimen —cubierto de bolígrafos, cargado de agendas— y le espetara a quemarropa: "Oye, docto, ¿pa' cuando me vas a traer pa'cá el hueserío?", y ante el estupor del paciente restaurador, le suene, en ese castellano vibrante y pletórico que suelen tener los administradores de instituciones:
"Coño, docto, que llevas 15 años con el material en tu casa. Y la semana que viene hay inventario, docto. Será una momia y tó, una antigüesa y tó, un vejestorio y tó, y que los esqueletos están difíciles con el bloqueo y tó, pero que lo tuyo es mucho con demasiado, docto. Me encuentran un faltante y me calimban y tó. Y yo no estoy pa' que me tiren pa' la candela y tó, docto. Así que mira a ver cómo me trasladas a la muerta pa'cá, a pierruli y tó, docto, que no te puedo autorizar transporte". |