www.cubaencuentro.com Miércoles, 15 de diciembre de 2004

 
Parte 3/3
 
Carta a la momia de Matanzas
por RAMóN FERNáNDEZ LARREA, Barcelona
 

No sé en su época, que debió ser fría y autoritaria, como para morirse de bronconeumonía, esa dolencia que aguanta sonriendo hasta un poeta en una mazmorra hoy en día, pero el cubano como que ha ido a menos en eso de la comprensión y la solidaridad. Es que, sospecho también, desde que la solidaridad y el cariño se institucionalizaron, la gente no los suelta así como así, y cuando se le va un poquito por debajo de la manga, viene cargado de un rencorcito ahí, de un malestar ahí, que no sale si no es coronado con una puyita.

La gente se ha vuelto solidaria hacia fuera, cuando en la prensa se anuncia una semana de eso mismo. Entonces, como para no contradecir a los periódicos —que son uno solo, pero en varias tipografías—, las personas que conforman lo que se ha dado en llamar "el pueblo", ponen cara de solidaridad con el lugar indicado, pero se defecan olímpicamente en el vecino, del que se ríen a mandíbula combatiente. Usted no imagina lo que trae una central termoeléctrica hecha mierda. Un reactor averiado provoca las más inesperadas y extrañas reacciones.

Y más allá de que el abnegado doctor se pasara 5.475 días con sus noches reestructurándole el cráneo pelón, los osarios huesudos, las anchas y decimonónicas caderas, para que pudiera volver a mover la cintura y los hombros igualito que las cubanas, y que aguantara a pie firme las chanzas, y aquellas voces imitando a María Teresa Vera que entraban por su ventana con el final del tema: "Llevó la novia al tálamo mullido,/ se acostó junto a ella enamorado/ y para siempre se quedó dormido,/ al esqueleto rígido abrazado", imagino lo que sufriría en pleno período especial, sabiéndose poseedor de un tesoro que se volvía cada vez más codiciado por lo gastronómico.

De manera que tuvo tal vez que soportar los gritos de "¡egoísta!", "¡casasola!", "cabronazoreparte", y alguna visita capciosa, en las vísperas del 28 de septiembre, para ver qué podía el compañero doctor aportar a la caldosa multitudinaria, alegre y cederista.

Terminado, por suerte, el trabajo de remendarla, la ubicaron laboralmente en un puesto envidiable, la vitrina donde recibe usted visitas de curiosos y otros enfermos mentales que van allí a respirar solemnidad —como si la solemnidad no fuera lo que más ha repartido el gobierno a lo largo de todo su largo alargamiento—.

Y mire qué cosa, quién se lo iba a decir, usted que fue una persona normal, una especie de gas intestinal sin relevancia, lo que en arameo se denomina un gas carente de olor, alcanzó la fama por ser la única momia en un país donde las cosas, incluso las personas, duran poco. A su lado tiene un árbol, pero de los genealógicos, que no hay que regar mucho y eso ahorra agua. Y también andan por allí, a mano, muestras de sangre, fotos sobre el hallazgo de su cadáver conservadito, partidas de nacimiento, matrimonio y defunción —que es un pequeño homenaje a la burocracia de todos los tiempos—, y algo realmente increíble: vísceras suyas, reducidas 16 veces de peso y volumen por efecto de la deshidratación.

Quizá eso de estar reducidas 16 veces le ha salvado las tripas de un facho, peculado, desfalco, concusión, latrocinio, hurto, rapiña o manigüiti. Hubieran sido un tentempié fabuloso en ese período del que le hablé —un páncreas al ajillo, una vesícula balear en fricasé, un riñón a la Coronilla—, y que le puso la osamenta en peligro.

Yo conocí gente en esa misma época que se redujo casi lo mismo, o más, y le juro por mi madre que no era por la deshidratación, sino por obstinación y otros malos pensamientos. Pero alabemos al doctor, al Señor, al cloruro de cinc y al sulfato de aluminio, que le mantuvieron conservadísima y momiable. No sé qué hubiera sido de su estalaje con nitrato de soya.

Lo que me extraña es que, una vez restañados sus parietales y femorales, no la invitaran a una tarima, en la celebración del glorioso 26 de julio. Allí podría haber sido admirada como víctima del imperialismo, digo yo. Y estuviera en su salsa —con todo el perdón por mi cruda manera—, porque me da un no sé qué que entre los de arriba no desentonaría mucho.

Inmomificable y momientáneo,

Ramón

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