Esos eran mis infantiles e infalibles pensamientos aquellos años en que el parque de nuestro pueblo era como una feria, y los hombres le daban la vuelta en un sentido, para ver el río de mujerangas que giraban en otro sentido. Aunque, bajo su atenta mirada, flotaba un único sentido: ver cómo un ejemplar de este lado del sexo se llevaba en la golilla un ejemplar del otro, para practicar la fraternidad muscular y patriótica, todo muy combatiente, muy mambí, pues la más de las veces tenía que hacerse en plena manigua reventora, sin escolta o impedimenta.
Así eran las noches de la ciudad tras el incendio, un movimiento elíptico que perseguía transformarse en pélvico, tal vez buscando perpetuar y hacer crecer la raza, para que hubiera algún día más bayameses que acudieran al llamado de su enervante obrita.
Éramos esa máscara, con los calzones de Contramaestre, el chaleco de San Luis, el chaquetón de Manzanillo y la montera de Santiago. "El campesino, el creador, se resolvía, ciego de indignación, contra la ciudad desdeñosa, contra su criatura", y criaba puerquitos, que más tarde Acopio le iba a arrebatar en un temblor. Me la juego al canelo que aquellas primeras generaciones, como la mía, que ya se echaban a perder —como luego seguiría sucediendo pero con más experiencia, método y armonía— le miraban desconociéndole la grandeza, con un poco de lástima o conmiseración, cierta misericordia de verle allí, calladito, insomne, aguantando a cabeza firme calor y lluvia, como brotando del pedrusco; apuesto que la mayoría coincidía en esa especie de fraternidad hacia usted, y decían, en voz baja, que "había que ver, tanto joderse, y mira en lo que acaba un abogado patriota en este pueblo de mierda que no sabe reconocer a nadie que no se vaya para La Habana o a casa del carajo".
Todo por estar mal informados. Mi pueblo, que es desde hace 45 años el pueblo uniformado, lo está también uniformemente desinformado, para que no coexistan informadores en esta alegre uniformidad conformista.
Estoy absolutamente inseguro y convencido que tanto los que girábamos en un sentido, como las que giraban en sentido contrario, los más ancianos que ya hacía años habían dejado de girar y ocupaban las gradas llamadas bancos, los fiñes que girábamos hacia donde nos daba la gana —sin comprender que más tarde el gobierno nos desgiraría para convertirnos en giraldillos—, y ciertas minorías de sexos equívocos que se giraban hacia cualquier banda, desconocíamos casi todo de usted, y que era para todos —además de esa cabeza con barbita y gafas que nunca se iba del parque— el autor de aquello de "corred bayameses" —más que incitación deportiva, estampida guerrera—, que cantábamos cada mañana en escuelas, barberías, estaciones de radio, círculos de interés filatélico, actos de solidaridad, cafeterías, conservadoras de repollos, bares de fraternos mostradores, gasolineras, concentraciones masivas, concertaciones abusivas, los tres únicos semáforos en uso, vallas de gallos semiclandestinas, fábricas de tejas, garitas y garitos, asilos de ancianos, hilandería de sacos de yute y piqueras del ANCHAR; un cántico que nos había creado un ligero problema cerebral con dos términos muy raros.
Esas palabras incomprensibles para el lenguaje medio eran "afrenta" y "oprobio", que mezcladas, en la virilidad del canto guerrero nos tenían "sumidos", lo que daba a cualquier aspirante a patriota, tenor, mezzosoprano, bajo, o desafinado con el suficiente aire en los bronquios, cierta sensación de indefensión, un desamparo solemne con orfandad de vocabulario.
Más de uno tuvo que acudir al mataburros para que no le afrentaran un oprobio que luego lo sumiera. Aun siendo natural de aquel glorioso poblado, con tanta cadena que oprobiaba y tanta afrenta de vivir sumido, se llegaba a creer cualquier incauto que habitaba un sumidero como el de Batabanó. Y se vivía vida de esponja cuando se quiso ser erizo. Es el resultado de tener cadenas y cantarlas como grilletes nocturnos y esperanzados. Si total, al final del cuajo, de cualquier cuajo, la cadena aparece, por mucha música que le pongan, pero el mono jamás, según afirman los más veteranos.
Quizá por ello nadie estaba interesado en averiguar que usted había nacido sin piedras adosadas al cuerpo, el 29 de julio de 1819 —por eso la inolvidable canción homenaje titulada Siempre es 29, cap i cúa catalanes, que sería bayamesa capicúa en el dominó dominado de nuestra villa común, San Salvador de Bayamo, poco antes de que desapareciera la ostionera de la esquina del parque que sería su definitiva morada.
Todos han olvidado que fue niño y bajito, luego creció y siguió siendo bajito pero adolescente, y ya más tarde cambió, y se hizo masón y abogado, hacendado y masón, masón y patriota. Condiscípulo de Céspedes y Francisco Vicente Aguilera, y que cultivaba —sin ocuparse de los cinco héroes prisioneros y etcétera— la literatura, la música y la ganadería. Y que para estar derecho en esta vida, estudió Derecho, lo mismo erguido que jorobado, pero en Barcelona. |