www.cubaencuentro.com Miércoles, 15 de diciembre de 2004

 
Parte 3/3
 
Carta a Perucho Figueredo (I)
por RAMóN FERNáNDEZ LARREA, Barcelona
 

Y he aquí que volvemos a coincidir en el tiempo, aunque yo acá, a pesar de su derecho, ando realmente patriota, garabato y nada masón. Y de estos aires aprendió —aunque se graduó luego en Madrid— los artes secretos de la conspiración, las ideas más avanzadas en política y economía, y los últimos descubrimientos de Louis Pasteur, que aplicaría a su vuelta a la tierra natalia.

Como Pasteur descubrió que, con excepción de los terneros, todo el que se embutía la leche directamente de la vaca terminaba con retortijones, supuso que dentro —en lo que podía convertirse en queso o yogurt, según lo búlgaro que uno fuera— había unos bichitos diminutos llamados microbios. Por eso experimentó, y un día los mató a todos —esa mañana estaba muy colérico Pasteur— con el simple sistema de hervir el jugo vacuno. A ese método científico se le llamó pasteurizar, y usted fue entonces de los primeros en hacerlo allá en la Isla, a pesar de que la picaresca criolla inventó más tarde al lechero truhán, que reponía la infección agregando agua de la pila. Así volvían los microbios a gozar del producto y la gente a tener diarreas y retortijones.

También aprendió por acá lo bruto que era el colonialismo español, que tenía ahogados a los cubanos. Por eso se puso a conspirar y a decir que era necesaria una revolución, para que a la gente se le quitaran los retortijones y hubiera libertad de hervir la leche o hacerse búlgaros para fabricar yogurt. Y una de esas noches de susurros anticolonialistas, junto al piano y la misteriosa luz de una lámpara, los otros conspiradores le tiraron encima el muerto, encargándole musicalizar la obra que estrenarían en el momento propicio, y usted se puso de los más patriota y contento de que le hicieran una obra por encargo, y esa misma noche, sin dejar de ser masón y abogado, se puso manos a la obra.

Yo sé lo difícil que es el arte por encargo, por mucho fervor que uno tenga en vena. Uno comienza a angustiarse pensando si la obrita recogerá el sentir de los demás, y por ese camino —la obsesión de qué sienten los demás— se llega en ocasiones a dudas existenciales y a conclusiones despóticas, que nos llevan a despotricar que los demás no sienten. Superada esa fase, se abren otras interrogantes, ya en la intríngulis misma de la confección.

En su caso imagino que hubo de preguntarse: "¿le gustará esta nota a Carlos Manuel?", o "¿Maceo Osorio identificará este pasaje con aquel andante del Don Juan de Mozart que tanto hemos comentado?" —"Bach, no he de ponerme en tal estado dubitativo. Al fin y al cabo, será una marcha viril. 'Los feroces Iberos son cobardes cual todo tirano', y aún no se han fabricado los discos de larga duración". Así, bordeando sonidos conocidos, evitando otros para no inventar el Son, fue elaborando la melodía guerrera, aunque a esa hora de seguro le vino otra gran vacilación: la fecha.

Hesitado y excitado —sin prever el éxito que iba a tener—, temblaron su pulso y la llama de la lámpara. Eso es lo más difícil en una obra por encargo, sobre todo si se trata de una marcha patriótica: si no se tiene la fecha patria, como que cuesta más trabajo ponerle la pimienta precisa al cocido. La fecha es imprescindible, casi diría que importante, definitiva y definitoria para el carácter del pedido. Y si es patria, mejor, porque enardece el ánimo del creador.

No es precisamente la entrega de un edificio con filtraciones, sino algo absoluto, con un acabado perfecto, máxime cuando se sospecha que Bayamo, esa ciudad ardiente y valerosa, puede trascender en la historia más por su creación que por convertirse, cientos de años más tarde, en la principal productora de humus de lombrices.

Eso acobarda al pinto de la paloma. Lo entiendo. Tendría que salir de su piano algo pianísimo, muy caliente, que no pasara de moda, y que se quedara sembrado en el corazón de sus habitantes por mucho pedal de bicicleta que dieran durante años. Algo que no se enturbiara con el ruido cansino y monótono de los cascos de los caballos, ni por una pieza bailable de Adalberto Álvarez.

Entonces llegaron el amanecer y el lechero, y usted había compuesto ya la esencia de lo que iban a decretar sería nuestra esencia, la guachipupa que nos nacionalizaría el sentimiento, y que nos hace aún ponernos la mano en el pecho, descubriendo turgencias y bulbos; y se dijo que el acabado, que es como se le dice en albañilería a la orquestación, se la iba a sonar al magnífico y conspirativo maestro Manuel Muñoz Cedeño. Era el alba del 14 de agosto de 1867. Los esclavos se olían que pronto habrían licencias extra penales.

Y como a partir de ahí pasaron cosas de las que no he hablado, lo dejo hasta la próxima carta durmiendo, que un año más tarde la cosa se pondría en candela y color hormiga.

Hasta entonces estaré calentando motores, y mascullando notas en seco, porque las otras notas que cogía las dejé en el pasado.

Queda de usted, todo partituro y bayamés,

Ramón

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