Tras una serie de saltos provinciales y hasta Maristas, de Cienfuegos a Jesús del Monte pasando por Matanzas, se hizo adúltero, y ya en 1932 publicó su primer libro, titulado La fuga de las horas, que suena a diario de guardián de prisiones o relojero. Tenía solamente 22 años, lo que puede ser un agravante y no un descargo a su responsabilidad. A esa edad ya uno es lo bastante estupefaciente como para darse cuenta del daño que puede infligir a los demás, sobre todo si en lo de infligir está también la ley.
Pero no se llamó a capítulo, sino todo lo contrario y viceversa. Arremetió con dos nuevos libros modernistas, donde limpió de aves el corral y se instaló en la alcoba con finísima y directa coba, y puso a erizarse a más de un guajiro del Cabo de San Antonio a la Punta de Maisí. Le adornó la virilidad al hombre común con sensualidad tropológica. Le leían, le citaban de memoria, se pasaban sus versos de boca en boca, con la punta del cabo hecha un San Maisí para Antonio, y si no aumentó la población por culpa suya, al menos, todos los vejigos que iban a ver la luz de sus respectivas chismosas, llevaban la sencilla ternura de sus poemas, ligados con tenaces lombrices de tierra. Y eso es hermoso, fíjese. A falta de algo de boniato, algo bonito.
Ya era imposible detenerle. Su popularidad crecía, gracias también a su vinculación a la radio —se hizo escritor radiofónico, término que me revienta, ¿por qué no "escritor estereofónico"?—. A golpe de antítesis y paradojas, y porque Dios es grande —45 metros con 75 centímetros— sus palabras le dieron voz a amantes atónitos y afónicos, y la melcocha post modernista —Bécquer no lo hubiera hecho mejor— se extendió entre los abedules de las afueras de Canasí.
Sus versos sencillos y estremecidos hacían vibrar los álamos de Puerto Padre, los centenarios algarrobos de Güira de Macurijes, los cimbreantes almendros amargos de Puriales de Caujerí, las frondas lirondas de los aguacates insolentes de Cacocún, la corteza heroica de los alcornoques de San Juan y Martínez, la grácil silueta de los sauces llorones de las colinas del Central Tinguaro. Todos vibraban con la calidez de su verso, y se comenzó a fundar, secreta y rítmica, con un relajo metafórico, una nación poética. ¿Cómo no iba a calar tan hondo en un hermoso pueblo trasnochado? A la cama con Buesa, cuyas galantes imágenes abrían puertas y borceguíes, braguetas y corazones.
He ahí el inicio de un equívoco irreparable, una injusticia que más tarde cometerían con su obra y persona los espabilados comisarios de la nueva era: todo lo suyo era paja en el trigo, más lo primero que lo segundo; y había como una sensualidad desaforada en la carrera almamentística que desarrolló, al margen —según ellos— de lo político y lo social. Por no haber escrito, mire usted, unos versitos contra Batista, o algún manengue, o hiriendo a alguna mujer que tuviera un primo guardia rural.
A ver si el amor no es social, si tiene todos los componentes para serlo: explotación del hombre por el hombre, sindicato, huelga, protestas de la obrera y desempleo cuando tenemos dañada la herramienta y no nos funcionan mucho las fuerzas productivas. Y en lo político, la pareja es el germen germánico de todo. La base de la sociedad, con su cámara alta y cámara baja, sus partidos, su democracia parlamentaria, su tribunal supremio y todos los etecé que se le quieran buscar.
¿Qué más querían? ¿Que le escribiera elegías a los machetes libertadores, sin libertarle —como hizo— el machete a los que querían ir por la libertad? Usted habrá escrito paradojas y antítesis que tal vez no comparto en el fondo de mi propia vasta incultura, pero, al menos, son cosas que tienen una increíble vitalidad, se siguen diciendo, recordando, musitando y martillando. Ninguno de sus textos tenía fecha de caducidad, como, por ejemplo, el poema Tengo, de aquel muchacho camagüeyano de bronca sonoridad. |