Cuando uno declama un tipo de poesía distinto al que hacía usted, le cambian los gestos faciales y hasta un poquito los jugos gástricos. Con un poema épico o social hay que rugir, hacer aspavientos para que El Mundo sepa que hablan de él. En la poesía épica, o en la heroica —que parecen ser lo mismo pero hay su hache intermedia de diferencia—, el tan manoseado "¡Oh!" que enfatiza el asombro, el pesar o la magnificencia de nuestros buenos instintos, se alarga más que gestión de extranjería, y resulta un "¡Oooooooooooooooooooooooh!" de rebuzno, impensable para la poesía amatoria, donde con un "¡Oh!" cortico se mata la jugada, y bastarían incluso un "¡Eh!" de advertencia o un "¡Ay!" de quejido mínimo para que el receptáculo recepcione el mensaje.
Un caso que observé con muchísima frecuencia fue con ese poema Tengo, que le mencioné, que lleva una gestualidad distinta, con mandíbula palante, ojos desorbitados en la parte en que el autor se proclama "antes Juan sin nada y hoy con todo, con todo", como si la reforma agraria se la estuvieran haciendo entre la vesícula y el riñón; ya cuando se llega a los versos más marineros —"el mar abierto y democrático"— se le pone a uno cara de Popeye, o de capitán Ahab, y se corta la respiración, como si nos hubiéramos tragado el snórkel de sopetón y una ola nos aplastara.
En cambio, lo suyo llevaba sordina en lata. Miraditas cómplices, como en: "Déjame ser tu espejo… te supliqué aquel día./ Recuerdo que tu mano se estremeció en la mía", donde sólo hay que poner una gota de azoque en casa del ahorcado y fruncir las cejas. O en: "Te digo adiós, y acaso te quiero todavía./ Quizá no he de olvidarte, pero te digo adiós./ No sé si me quisiste… No sé si te quería…/ O tal vez nos quisimos demasiado los dos", donde, de una bobería como el te quise me quieres, no sé sí sé, alomejortalvezquizás, ya engrampó la uña en el tembloroso corazón de la fémina y la puso a dudar, con la estocada maestra de pasarle la pelota. Todo con una musicalidad que me dice que usted era perfecto para tocar con Arcaño y sus Maravillas.
Con esos poemas deportivos se montaba usted en su Buick rojo —¿para estar a buenas con Lenin y con Changó, o por puro gusto?— y recorría la ciudad. O se llegaba a Matanzas, a ver a una alumna que vivía en la Calzada de Terry 81, donde aterry…zaba algún que otro domingo para sembrar la simiente romántica, con este estalaje: "Tenía una suave camisa de rayas grises, el rizado cabello en orden, el cuerpo, atlético, aunque sin machacar por la gimnasia". Si la gimnasia la hacía usted con los versos, a los que, como un orfebre, trabajaba, pulía, con esmero y esmeril, con ardor y paciencia, hasta que no tuvieran una sola cizalla de imaginación. No por eso intentaron serrucharle, sino tal vez porque "Era alto como el humo que va a marcharse…". Si a eso le suma algunas declaraciones solapadas que he encontrado, ya tenía usted el destierro en la mano. ¿Qué son si no, estos versos que dicen: "Por un agua de hastío voy moviendo estos remos…"? En aquella Cuba iba siendo peligroso remar si la canoa no era de competición oficial, autorizada por el INDER.
Mas, si le miramos la productividad y los resultados obtenidos en el medallero, no había razón para caerle a trancazos. Ahí quedan —no sé en qué estantería, pero quedan— el tonelaje de poemarios que fracturó con elegancia y musicancia: Lamentaciones de Proteo, Muerte diaria, Prometeo, Canciones de Adán, Odas por la victoria, Alegría de Proteo —que después de lamentarse merecía una sonrisita, el pobre—, La vejez de Don Juan, Poeta enamorado y Oasis, que conoció 26 ediciones seguidas, haciéndolo virtualmente pionero y moncadista, por aquello tan delirante de que siempre es 26.
Si fue cursi o no, ya no es tarea mía, que cada día sigo aspirando a convertirme en poeta cinestésico y me adjetivo menos el esófago. Eso me lleva a sumar, y no a seguir el diabólico ritmo agrícola de porrón y cuneta nueva, que tanto daño ha hecho. ¿Cuántos de nosotros nos iremos —sin remos— de este mundo, sin saber si fuimos engendrados gracias a un verso suyo? Ahí no meto la mano en la candela, aunque me inclino más por otras escrituras, como la de Cervantes, para ponerle un casito. Tal vez porque la experiencia me dice que es mejor manco conocido que muengo por conocer.
Y se fue con el tropo a otra parte, a todo trapo, para morir en República Dominicana —con una buena reserva de eses— el 14 de agosto de 1982. Si se hubiera quedado en la tierra donde asaron a Hatuey, le hubieran calentado la cerveza antes de quitársela. Y aquel Poema del renunciamiento, tendría una segunda parte. Algo así como Poema del racionamiento.
Completamente desbuesado,
Ramón |