www.cubaencuentro.com Miércoles, 15 de diciembre de 2004

 
Parte 2/3
 
Carta a Pancho Marty (I)
por RAMóN FERNáNDEZ LARREA, Barcelona
 

Que hay que ver lo que da el fósforo si se sabe encender con un pargo en la mano. Y es digno de admirar —con cierto cuidado sutil— que uno se puede enriquecer si sabe explotar bien la cherna que nos rodea. En fechas recientes, otro malandrín intentó monopolizar lo de los pejes —rodeado de pejes gordos— y puso a la población en tilapia intensiva, pero sin mucha fosforina que digamos. Lo suyo, en cambio, fue una innovación, un paletazo, una operación escamada y redonda.

Dio en el clavo. El general Tacón golpeo sus idem contra el piso y mordió el anzuelo cual tierna mojarra. Y comenzó usted a trabajar con la nasa antes de que se pensara en el cosmos, porque fueron cayendo en el jamo todos los habitantes de aquella ciudad. Así que se puede decir que La Habana es un sitio nacido del pescado, aunque ahora, con otro taconazo, pensemos que nuestra nacionalidad tira más bien a la tendencia de la virgen María: Sin pescado concebida.

Así comenzó a controlar botes, balsas, llantas inflables, pescadores de caña, sapingolos de orilla, y hasta al amplio club de amigos de la tarraya. Toda la fauna marina pasó a sus manos y tarimas, y así se hizo un tiburón en el Mercado Único. Hasta levantó una fonda, donde mandó a pintar la gloriosa entrada del vapor Neptuno en la bahía capitalina —que fue nuestra penetración en la modernidad, aunque el verdadero vapor lo han metido desde finales del siglo XX—, y el cubano sagaz, avispado, vivaracho y duro de roer, enseguida bautizó la plaza donde radicaba su negocio con ese poético nombre: la Plaza del Vapor, y no precisamente por lo que se sudaba amortajado entre lucumíes y culíes, cuarterones y Ñas Franciscas, caleseros y gente mundana, para llegarle al bacalao.

Entonces era ya un respetable comerciante. Un honorable catalán de capital saneado, con un buen interior si nos atenemos a lo que cuenta Álvaro de la Iglesia en sus Tradiciones cubanas. Era miembro viril de las fuerzas vivas, y los Capitanes Generales contaban con su consejo, su presencia, sus inteligentes chistes —en catalán y castellano— y su disposición a resolver lo mismo una columbina que un pescado al horno.

En una de esas atenciones, en un gesto magnánimo, le envió de regalo a la noble sevillana doña María del Rosario Fernández de Santillana, hija de los marqueses de la Motilla y a la sazón —cuando se es noble se tiene mucha sazón— esposa del capitán general don Pedro Téllez Girón —que no fue precisamente quien inventó ese disparate de las jornadas con su apellido—, de fugaz duración en la Isla y poseedor de variadas enfermedades gástricas, un pargo relleno de monedas de oro que disfrutaron ambos pero que me desgració a mí la vida para siempre jamás.

Desde entonces, jurel que me caía a tiro, era destripado a conciencia, buscando si traía en sus amargas entrañas algo que me sacara del apuro o me diera para comprar camaroncito duro. Todo inútil, como la misma realidad de mi nada holgada situación muestra.

Era en ese momento un hombre de ingenio que se dedicaba al café en vez de a la caña, y a quien la cultura de mi país le debe en gran medida un gigantesco aporte. Gracias a sus esfuerzos cafetaleros surgieron incontables grupos de guaguancó, coros de clave, agrupaciones de columbia por las tierras de Jovellanos y Matanzas, que convergerían en la riqueza del Son. Su cafetal daba más granos oscuros de los que las autoridades podían imaginar. Y lo mejor, venían tostados ya del África, con un gusto y una seriedad encomiables.

Esa gloriosa finca suya, El Carmelo, era en realidad una especie de ONG que intentaba ubicar laboralmente a los inmigrantes llegados del continente negro en las inmundas bodegas de grandes buques. Los envidiosos, esa morralla, que no fueron capaces de tener un ayudante de raza quebrada que les llevara las chinelas a la cama, denostaban su negocio con el calificativo de "trata negrera".

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