Injustos. Canallas. Es cierto que esos miles de carabalíes, dahomeyanos, mandingas, congos, ewes, lucumíes, bozales, gangás, aguegues, yorubas, guineos, ararás, mondongos, bibíes, minas, mongovis, tambés, molombos, bricanes, macuás y bambaras no habían pedido hacer turismo allende los mares, ni precisaban cambiar de ocupación. Pero no es menos cierto que urgía salvarles de sus peligros tribales y darles otra lengua, para que nos legaran el cuarto de fambá, el solapamiento polifónico y versos de tanta enjundia como estos: "Río seco ta corre mamba,/ yo para arriba llega fondo".
Sin el empeño que usted le puso a esa labor humanitaria jamás habrían escuchado nuestros oídos nativos poesía de tanta resonancia como esta: "Changó ta vení, zarabanda, Changó ta vení. Zarabanda malongo, zarabanda miñunga, efobale eeeeh efobale", ni hubiera un Elegguá detrás de cada puerta, ni se higienizaran los rincones de las casas con puro aguardiente, ni tuviéramos la fatal y alegre costumbre de pensar que "donde comen tres comen cuatro", argumento infalible para los malos gobiernos que han asolado Cuba.
El inmenso aporte de su contribución aún no ha sido debidamente homenajeado ni reconocido. Será poquet a poquet, tal vez. Un pueblo que no posea un sábado de la rumba no es relevante en este mundo. Y una ciudad en la que uno no encuentre un atadito debajo de una ceiba, o una pata de gallina con una cinta roja, no es un sitio cómodo para vivir. Es más, una ciudad sin bilongos en las puertas es una mierda aquí y en la Cochinchina.
Y aunque había llegado a las Américas gozando de un completo, feliz y rotundo analfabetismo, cuando se forró de verdad, la gente casi ni notaba ese trivial detalle, máxime cuando le dio por el arte. Para con su lucrativo y humanitario hobby de importación de enseres tribales tengo algún que otro reproche, así, como de pasada, y no solamente porque la esclavitud sea algo atrasado y hasta cruel, sino porque no supo usted, con la viveza que todos dicen tenía, encontrar nuevas maneras de estimular la mano de obra.
Tal vez si hubiese cambiado el cepo y el bicho de buey por jabitas mensuales, cargadas con champuses y desodorantes, ciertos rollos de papel higiénico, laticas de atún a punto de vencer, y ligas para el pelo, se hubiera granjeado la admiración de aquella oscura población. En viendo los hotentotes a sus hotentotas lucir presillas plásticas para el cabello recio, o fulgurantes hebillas de similar materia, peinetas, cintas y lazos, habría quedado su imagen al kilo. Pero nadie se lo sugirió o no le dio importancia. Aunque ahora que lo pienso, no sé para qué serviría un desodorante spray en aquellos barracones.
Debo decir que, antes de ponerse a levantar teatros, repleto de ese fervor que otorga la ignorancia, hizo su nido de amor, y no precisamente "pajita a pajita", como posteriormente escribió un moreno picúo en la prensa social, en una mancebía habanera. Que no sólo exportó usted ejemplares de la raza quebrada, sino que los engendró bajo patrio cielo, mediante el concubinato con la oscura Tomasa, a quien había puesto una accesoria en lo que ya era extramuros. Con esos vástagos tuvo usted una de las más geniales y perdurables frases, utilísima para medir el desarrollo de nuestra identidad. Siempre les dijo: "Nois: si hacéis las cosas bé, i com Dios demana, seréis hijos de Don Pancho Marty. Si la cagáis, lo seréis de la negra Tomasa, em cagui en Deu".
Esos, sus endrinos brotes, talluelos, bohordos, cogollos, estipites y tronchos, continuadores de su estirpe, verían de seguro con malos ojos aquel cántico jocoso, que andaba entre el choteo y el lamento, en el que un negro clamaba a las alturas: "Dios, hazme blanco, aunque sea catalán". Mas, no entendería sus quejas yo, en teniendo padre estricto, pujante, filosófico en sus ataques de racanería, y pensadamente pródigo en otros, sin llegar a la epilepsia.
Así llegó su momento de mayor gloria, cuando dejó la tripa de calamar y levantó el gran Teatro de La Habana, allí en el inicio de San Rafael, al borde de la Alameda del Prado, y que bautizó con el nombre de Tacón, en lo que a muchos pareció un alarde de chicharronería. Nada más alejado de sus felinos y pirenaicos instintos. Como todo lo hacía en extramuros —hasta los hijos— se olisqueó que un día aquella parte iba a ser llamada por un francés "la ciudad de las columnas", y decidió cambiar de renglón. Sólo que Tacón puso los dineros y la mano de obra, que eran aquellos mismos pardos, agradecidos por saltar del tasajo brujo al asfalto.
Y ahora me doy cuenta que he navegado mucho y no he concretado nada. Y que la historia del Teatro Tacón merece largo trillo, y de sus esplendores en ese 1838, de la inauguración, por todo lo alto, con araña de París y todo, y aquella frase genial suya, sobre los artistas que actuaban en su flamante local: "Aquí sólo vienen principiantes y acabantes". Así que dejaré las consideraciones pertinentes para próxima misiva, no sin antes reflexionar y llamar a capítulo a mis coterráneos y congéneres, compatriotas todos, que lo hemos hecho tan mal, pero tan mal —en cazuela— que parecemos hijos de Tomasa y no suyos.
Fins una altre ocasió,
Ramó |