www.cubaencuentro.com Miércoles, 15 de diciembre de 2004

 
Parte 2/3
 
Carta a Armando Calderón
por RAMóN FERNáNDEZ LARREA, Barcelona
 

Típico de un país donde el lenguaje actual fue de importación —desde entonces esperamos que todo nos llegue de afuera—, y cuyas gestas libertarias —convertidas en días feriados, oportunidad para majasear autorizados— han sido espeluznantes aullidos: "El grito de Yara" y "El grito de Baire". Así que somos un país que se fundó vocinglero, y en cuyo código penal la figura del Escándalo Público comienza con la galúa, el gaznatón, la galleta, la búfata o el leñazo. Si no hay cabillazo o pérfido cortante, no cuenta en atestado. El alboroto no paga.

No me extraña que, además de los próceres, los otros personajes importantes que componen lo que denominan el ajiaco nacional —también llamada "nacionalidad"—, los cantantes, sean recordados por sus gritos de guerra y no por su repertorio. Así sabemos que quien canta A la rigola es Rolando Laserie porque vocifera "De películaaaaa", y que la voz que entona Yembe laroco es Celia Cruz, desgañitándose en la pedidera de azúcar.

Era lógico que una nación conformada a partir de la potencia que nos da la laringe haya llegado a donde ha llegado. ¿Y a dónde ha llegado? Que lo digan Chorro de Plomo y Soplete, dos de sus personajes más recordados en aquella Comedia silente, que cada domingo esperaba yo, en el extremo oriental de mi infancia cantarina para empezar el día y que en mi adultez me sirven para rebautizar al Jefe jefe y a su cargador de tibor.

Qué tiempos. Qué niñez más adulta y gozosa tuve, cará. Cuando salía usted, más tieso que centinela congelado, y le brillaban los cristalinos ojos tras las pícaras gafas, soltando su saludo: "Buenos días papaítos, abuelitos y amiguitos", sabía yo que estaba asistiendo al inicio de los tiempos, y a un aprendizaje secreto que me ayudaría mucho, para entender aquel verde país donde vivía, un caimán que me mordió varias veces. Creo que entonces vislumbré que mi país sería el idioma. No hay otro.

Apunto con acupuntura: una nación inaugurada por el grito de "tieeeerraaaaa", desde el palo mayor de una nao, estaba lista para hacerlo todo vociferando; la ululancia y el palo sellaron el inicio. Y si luego, extinguidos indios y jutías, el sentimiento nacional llegó a darle más relevancia a la garganta que a cualquier otra parte del cuerpo, la traqueotomía venía que se partía una pata. ¿Qué ordenaban los jefes mambises? "Corneta, toque usted a degüello", y pallá iba la tropa en tropel a rebanarle el pescuezo al enemigo. Todo por gritar más alto que nadie. Está dicho. Claro, fuerte y bajito de sal.

Salto de palo para rumba —se me ha quedado la insana costumbre de cambiar trillos por veredas, tal vez por serle fiel a nuestra inconsistencia nacional, marcados por el ejemplo heroico de Carnavalio, el líder mayor, que ha sido en nuestra historia patria como un relojero con parkinson—, por eso vuelvo a ponerlo en pantalla. No sólo nos enseñó lo que una interjección puede hacer para el entendimiento humano, que ya hablaré de ello más tarde. Usted hizo más: le puso acción verbal a la acción —en el principio fue el verbo—, como si hubiera que explicar el pastelazo, como si una patada en el trasero precisara más detalles, y con su narración —siempre distinta, siempre bajo el impulso de sus biorritmos, siempre renovada, de modo que uno podía ver sesenta veces Carrera por la vida o La muchacha peligrosa, de Sennet, como si fueran de estreno— iba llenando nuestra imaginación de palabras, que luego nos servirían para dejar de entendernos lentamente.

Creo que fue mi más largo y consistente encuentro con el español hablado, con el castellano articulado, y el primer objeto extendido en nuestra dieta, dándole adelante a aquella bazofia de soya que nos iba a caer cuando usted ya no estaba. No sabe cuánto le agradezco ese detalle. Viviendo entre un río y una montaña, donde el espíritu siboney luchaba aún contra el voceo castizo, me enseñó una herramienta insuperable. Pude haber aprendido taíno, pero había algo que no me complacía. Los indios, además de no tener sinónimos, antónimos o retruécanos, carecían de artículos. Con el tiempo y el esfuerzo de Carnavalio —el que más horas ha hablado y gritado en el país— llegamos a parecernos a ellos, porque también se nos fueron perdiendo. Incluso los de primera necesidad.

1. Inicio
2. Típico de un...
3. Para un siboney...
   
 
EnviarImprimir
 
 
En Esta Sección
Carta a Perucho Figueredo (I)
RFL, Barcelona
Carta a Manuel Saumell
Carta a Pancho Marty (II)
Carta a Pancho Marty (I)
Mi amiga y sus amiguitos
ENRISCO, Nueva Jersey
Carta a Luis Casas Romero
RAMóN FERNáNDEZ LARREA, Barcelona
Editoriales
Sociedad
Cultura
Internacional
Deporte
Opinión
Desde
Entrevista
Buscador
Cartas
Convocatorias
Humor
Enlaces
Prensa
Documentos De Consulta
Ediciones
 
Nosotros Contacto Derechos Subir