Y en lo del amor, usted no se cruzaba de brazos. Es más, le daba lo mismo un maitre que un canciller, un príncipe o un torero. En definitiva, no preguntaba para nada la profesión de nadie, y le dejaba ingresar en taquilla. Con ese fuego interino abolía usted las clases sociales, destrozaba las convenciones que se alzaban cual palacios —usted destoletaba el Palacio de las Convenciones, para ir al grano— y destripaba al varón que se le posara encima con inocencia de libélula —la del varón—. Así asombró a la capital de la Isla, que todavía no tenía barrio de Pajarito, ni congresos del partido, ni planes pijama, con un fogoso romance con el apuesto macho ibérico Luis Mazzantini, procesador de reses, profesión que también se conoce como torero. Su refugio fue el Hotel Trotcha, ubicado en la calle Calzada, en el barrio de El Vedado, que era propiedad y creación del afanoso catalán Buenaventura Trotcha i Fornaguera, natural de Arenys de Mar, quien había arramblado con las antiguas propiedades del Conde de Pozos Dulces, cuyos herederos estaban salados y en cisterna.
Traigo a colación su romance del palmar por dos puntos importantes. Uno, porque no podía haber elegido mejor candidato para su desaguacate vaginal. Mazzantini daba las estocadas como nadie y, además, conociendo su desparpajito, nada mejor que un torero para estos deslices. Son hombres acostumbrados a los tarros. El segundo punto —que es el más me interesa— fue la frase que dejó anclada en nuestra triste historia patria. Hirviendo de amor, refocilándose la carne, ardiendo con Mazzantini en las gradas del sol, agarrando al toro por los cuernos, plantó usted a más de un natural de esa palmeada y palmera tierra. Y cuando le requirieron por sus desplantes y embarques, cuando prefirió la corrida a otros compromisos, cuando dejó en la tea actos y agasajos, entretenida en cortar rabo y oreja, calificó a mis abuelos —y con ellos, a todos sus futuros descendientes sin dientes— de "Indios con levita".
Ay, Sarah, Sarah, cará, eso me ha dolido mucho. No sé qué habrá dicho el buenazo y cornudo Mazzantini, a pesar de su alianza francesa, pero con esa frase nos dejó usted con la yuca en la mano y una jutía carabalí posada en nuestras ramas, haciéndose la autóctona y la masa cárnica. Desde entonces, indiecitos a merced de cualquier Su Merced, tenemos la temblorosa coa en la mano para que el más fuerte nos coa lo que quiera. ¿No sería que le entendieron mal? ¿Qué su buen francés trocó al mal traductor? Aún no había nacido Alejo Carpentier para traducirle literalmente en la litera, así que no hay más remedio que pensar que pudo usted decir otra cosa. ¿Dijo realmente que éramos indios con levita o indios que le evitan? ¿Con levita o que levitan, calificando así nuestra hermosa costumbre de no asentar con firmeza nuestros pieses sobre el terreno, esa propensión a irnos por las ramas sin que el barro nos cambie el PH, que nos hace muchas veces HP?
Imagino que la cercanía de caimanes y toreros, el olor a resina autoritaria que desprendía el escenario del Teatro Tacón le desprendieron la suela cerebral. El indio que más cercano estuvo a ponerse una armadura o casaca, fue freído al negarse. Y de levitar, nada, se hizo lentamente humo en tus ojos, y luego le convirtieron en cerveza popular y refrescante. Es posible que desde ese momento, un indio destilado componga nuestro espíritu. |