Tal vez nuestra natural y espontánea alegría —que nos da gasolina para vivir sin torturarnos, al margen de una epidemia o la construcción del socialismo con materiales de dudosa consistencia— confundida por gente innoble como choteo o despreocupación, le dio a usted una mala y falsa imagen de este pueblo tan sacrificado, y, a la vez, oscuro y sonriente, que se vuelve loco por un televisor sin importarle mucho que sólo salga una cara en la pantalla. Tal vez esa morbosa tendencia hacia la pelona de que padecía usted, y que le obligaba a visitar el depósito de cadáveres en París, le torció la perspectiva. Nosotros no depositamos nada, ni esperanzas ni cadáveres. Nuestros depósitos están espléndidamente vacíos, y sin embargo, movemos la plumita y nos carcajeamos en el areíto.
Aunque su frase me ha hecho pensar. De recolectores pasamos a cazadores, y de ahí a receptores. El casabe se hizo cusubé, más tarde subuso y desde hace unos mezozoicos 45 añojos arribamos al guasabeo. ¿Será que muy al fondo seguimos atados a Mabuya, es decir, a quien hace má bulla? ¿Nuestra condición actual de agro alfareros para el turismo condiciona nuestra sumisión internacionalista? Como la levita jamás prendió por estos lares, me inclino a pensar que nos calificó de indígenas flotantes, es decir, que levitan. Un burujón de años después de su paseo habanero y su revolcadera en el Hotel Trotcha, con la memoria trotchada, no recordaba usted lo de la levita. Quiere decir que indios sí, de todas todas.
Eso, viniendo de una mujer con tantas luces y tanto colorete, hay que tenerlo en cuenta. Los grandes de la época cayeron rendidos a sus tobillos. Mark Twain dejó dicho —a un vecino, creo— que sólo había cinco clases de actrices: "las buenas, las malas, las regulares, las grandes actrices y… Sarah Bernhardt". Nuestro Jóse, antes de ser de yeso, escribió: "Sarah es flexible, fina, esbelta…" —se diría de algodón, le faltó apuntar, lo que me dice que al Maestro también le gustaban las masuítas— "Cuando no está sacudida por el demonio de la tragedia, su cuerpo está lleno de gracia y abandono": —o de toreros, agrego yo— "¿De dónde viene? ¡De la pobreza! ¿A dónde va? ¡A la gloria!".
También dejó hecho un guiñapo a Sigmund Freud, que después de conocerla tuvo enarbolado el tabú muchísimo tiempo, y no cedía aunque se sicoanalizaba cada día. A él pertenece esta frase cegadora: "¿Sarah? C'est magnifique. La mome caoutchouc, comme un moineau. C'est la rue sans nom et a tout le monde le plait un croissant et tríos capuccinos", que viene a significar algo así como que usted estaba como plátano para sinsonte y que le daba lo mismo un torero que Búfalo Bill, y que tenía la lengüita muy suelta y afilada.
Y al final, a lo mejor dijo lo que dijo, y no nos hemos puesto a pensar en ello. La Habana tiene los mismos baches que cuando usted se fue, y gran parte de la población echó un tacón mientras otros viven en el teatro, con más tablas que las suyas. En 1918 volvió a América y evitó tocar Cubita, quizá para no volver a tropezar con la tribu. Le faltaba ya una pierna, como a nosotros. No sabe usted lo que uno extraña una buena pierna aunque sea de puerco. La dieta de los indios cambia poco.
Sarao cerca de Sarah goza,
Ramón el Mazzantini |