www.cubaencuentro.com Miércoles, 26 de enero de 2005

 
Parte 2/3
 
Carta a Alejo Carpentier
por RAMóN FERNáNDEZ LARREA, Barcelona
 

Ya ve, "no es falta de cariño, le quiero con el alma". Sucede que, cuando se llega muerto a esa pubertad quintuplicada que es el centenario, y el país donde más se le vio a uno es algo especial, con un dueño específico y especial, que ha creado una mentalidad ligeramente espacial, y ha expropiado de todo a todos, y le da de pronto por declarar la vida y obra de sus semejantes patrimonio, ya comienzan a salir cuentas viejas, burbujitas raras, y gente como yo se dedica a escarbar en la hojarasca, porque ya no se traga las cosas de la manera en que nos las envolvieron como regalo. Los detectives y hasta algunos buenos policías le dicen a eso "deformación profesional".

Los que hemos ido adquiriendo la hermosa facultad de pincharle los escrotos al felino, que es la traducción de la frase latina "tocarle los huevos al tigre", decepción tras decepción y año tras año, venimos así deformados, y empezamos a sospechar del por qué de ese urgente patrimonio declarado sobre su persona: una campana de cristal que le cubre.

Lo primero que me asalta —y yo le caigo detrás gritando: "¡ataja, ataja!"— es lo del insidioso bichito de saber por qué tanto interés de su parte por dejar claro en todas partes lo de su nacimiento en La Habana, cuando no había sido así. Según su señora mamá, aquella mañana del 26 de diciembre de 1904 caía una hermosísima nevada. Casi me he desnucado buscando, en los amarillentos partes meteorológicos, y no he encontrado un suceso así en la capital de la Isla. Una batalla campal con detergente allá por 1913, una granizada sorprendente por los alrededores de Caonao en 1841, pero nada de copos níveos dejándose caer con suavidad para tapar la cochambre de la calle Infanta.

El hombre nace donde nace, y ni siquiera eso. Me repugnan las pertenencias. Algunos pueden decir que uno pertenece al sitio donde lo censan, igual que acuñan al ganado porcino, pero esa idea también me rebela. Yo siempre quise nacer en el Japón del siglo X, cerca de Kyoto, y ser un ronín con mucha roña, pero mi madre nunca se puso de acuerdo con mi viejo para complacerme, así que me dediqué a nacer en Bayamo, que no está mal, y de alguna manera conserva su aire medieval y hay como cinco o seis chinos sobrevivientes a la falta de arroz.

Aunque ya le digo, uno es de donde decida ser, más allá de que un padre sea arquitecto y francés, y haya estado zafándole al ejército, y su señora mamá, fuera Lina o Catherine, y se haya cambiado el sonoro Blagooblasof por el más delicado Valmont, que suena menos a petardo de cosaco lleno de vodka junto al Volga.

Lo que pasa es que, ya si uno elige ser ninja, luchador de sumo, o guerreo masai, ha de aprender a despojarse de corbatas, calzoncillos elásticos, y toda la parafernalia occidental. Y usted me da muy poco el biotipo del que vio la luz primigenia en Maloja. No es que los nacidos en esa calle caminen distinto o sean herbívoros —hervíbora es otro escritor que conozco y no come precisamente hierba—, pero no se deja agitar a una hembrita francesa a las cuatro de la tarde por un pintor ligeramente ebrio, como le hizo a usted Carlos Enríquez con su primera esposa, Eva Fréjaville, musa parisina, joyita de importación que pasó sin problemas por la aduana cubana.

De nada vale argumentar que el pintor de El rapto de las mulatas estaba armado y tenía además cuatro copas de más. Carlos Enríquez no iba por ahí cada día portando una 45, pero sí con cuatro copas de más, y hasta cinco. Y en plena vía pública, solamente un mes después de que la matrimoniara, vino el hombre a levantarle la extranjera sin que usted protestara ni gritara, como hago yo cuando me asalta una idea,"¡ataja, ataja!". Eso no se le hace a nadie de la calle Maloja sin recibir un manotazo aunque sea por correo.

Si al menos no se hubiera usted comportado como un europeo, y en la primera estación de policía le hubiese sonado una denuncia al raptor de blancas y mulatas por la cabeza. Aunque lo veo muy mal. En estos tiempos, al menos, por muy de Maloja que sea, presentarse en una estación de la jara y decir que le ha robado la mujer el curda que vive en el Hurón Azul, le traería serios problemas a muchos inocentes que van a un lugar similar a enculturarse leyendo carta blanca.

Pasemos por alto ese detalle. Usted quiso ser, más adelante, un poco más cubano y de Maloja, cayendo preso y hablando en lengua. De esa profunda experiencia nació su Ecué Yamba- Ó, y más tarde lo musical, Manita en el suelo y La rebambaramba. Siempre en el ánimo de hacerse nacional por usted mismo. Llegó a entender tanto el alma patria que a continuación escribió sobre Haití, como presintiendo que ese era el modelo que al final seguiríamos.

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