www.cubaencuentro.com Miércoles, 26 de enero de 2005

 
Parte 2/2
 
Carta al doctor Aballí
por RAMóN FERNáNDEZ LARREA, Barcelona
 

Viajó becado, o bequió viajado, por toda USA: Nueva York, Washington, Chicago, y hasta Boston, como bostón de muestra. Y en todos esos lugares enemigos estudió e investigó más allá de la pacotilla. Luego le tocó la vieja Europa, con Francia, Italia y Alemania, donde tuvo la suerte de recibir un curso privado del mismísimo profesor Adolfo Baginsky. Quiero decirle que eso es algo supremo. Si alguien conoce en este mundo al ser humano por dentro, ese es el profesor Baginsky. En asuntos de reproducción femenina no hay más pueblo después de él. Se comienza con Baginsky y se termina muy Bagininsky.

Y regresó, completamente preparado para convertirse en interino. Ya se sabe: de lo uterino a lo interino, que esta vida es una prueba bastante citológica.

Ahora que he comenzado a conocerlo mejor, y que no tengo lombrices —pero si me diera la gana las tuviera, y fueran mías, sin que nadie me mirara atravesado por esa mínima propiedad— ni pediatras, y que pasé por tantas mujeres fatales e infantiles como la varicela, la china y esas hermanas terribles, las paperas, me llama la atención y me enciende la llama, que en su tiempo —y hasta bien entrado el medio siglo— existió una figura muy interesante para los estudiantes que accedían al mercado laboral sin que los "ubicaran", ni cumplieran "servicio social" en Guacaramanga: las oposiciones.

Así logró usted salir de lo interino, oponiéndose. Y por oposición contra otros oponentes obtuvo al cargo de Jefe de la Clínica Infantil de la Cátedra de Clínica Médica en 1904. Ya decía yo que usted terminaría con los niños. Perdón, en los niños. Menos Michael Jackson todo el mundo ha tenido suerte con la infancia. Porque los niños son unos enseres entrañables; los enseres más importantes del hogar. Son la luz de la casa. Cuando la gente malagradecida se queja en la actualidad de los apagones es que no han valorado a la niñez como tal. Un niño puesto encima de la mesa, con bastante combustible, alumbra cualquier habitación, siempre que se le cuide y se le cambie la mecha.

No me extenderé más. Mantendré tamaño de niño. Varias cosas lo hicieron relevante —y eminente— antes de morirse el 22 de julio de 1952:

-Dedicó su vida a las enfermedades diarreicas, a la desnutrición y a la tuberculosis (Yo también me dediqué un tiempo a lo primero, pero se me quitaron de repente).

-Hizo del médico una fuerza social.

-Fundó el periódico El Cubano Libre, para cantarle las cuarenta a los gobiernos. Ya eso era otro tipo de oposición.

-Creó el primer servicio de Clínica Infantil de Cuba. Por eso fundó una sala de lactantes.

Ese detalle me lo convierte en pediatra estrella. Hay que lactar, que cuando uno jalea lacta est y crece lactado, no hay lombriz, por solitaria que sea, que pueda con el hombre. A mí me hubiera gustado que usted viviera más y que la Isla se hubiera convertido en una gigantesca sala de lactantes. ¿Imagina a cada cubano con una teta o un biberón cerca? Cubano con litro, y no de Ronda o Pinilla o Legendario. Qué sueño tan hermoso. El cubano que se ubre al porvenir, lactando sus propias leyes, en graciosa y nutritiva espuma.

Pero llegó el bloqueo, y ya sabe. Como las vacas eran extranjeras todas, se hicieron enemigas y la leche se puso agria. A pesar de ello, seguía siendo nuestra leche, al menos hasta los siete años, pero no hay república en este mundo que lacte a sus hijos tan poco tiempo.

Y nos tocó un pediatra que para qué le cuento. Se empeñó en que las vacas funcionaran y nada, lo desgració, porque así, sin piezas y a lo loco, los rumiantes se ponen a rumiar otras cosas. Y como él quería hacer al hombre nuevo, se acabó la lactancia. Y hasta hubo quien se fue a lactar a otro lado. Parece que el hombre nuevo suyo no lleva leche, sino batido de pólvora. Y no se asombre si le digo que ha reducido la mortalidad infantil. No me extraña, con la de gente que necesita para poder experimentar.

Feliz como una lombriz,

Ramón

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