Lo alegres y forrados que se habrían puesto Matamoros, Caignet o el mismo Manuel Corona si la máxima autoridad del país ordenara que el día nacional tenía que arrancar a la fuerza con Son de la loma, Frutas del Caney o Longina, que son temas para olvidarse del trabajo, sobre todo el último. Usted hoy me daría la razón, por inteligente y noble que era. Y porque comprende que nosotros ayer hubiéramos sido como usted, y usted hoy habría sido como nosotros. Que hay que renovarse, Peruchín.
No hay que ser muy perpiñán, para darse cuenta que, a esta altura del holocastro, estaba bien suprimida una frase del tema original, esa que decía: "Contemplad nuestras huestes triunfantes/ contempladlos a ellos caídos,/ por cobardes huyen vencidos:/ por valientes, supimos triunfar!". Uno, por reiterativa y aprovechada, y por regodearse en la tragedia del enemigo, que no es elegante andar describiéndoles en sus vergüenzas si ya se les ganó. Otro, porque no se sabe si uno volverá a ganar o tendrá que quemar el pueblo e irse de campismo, con tanto bicho e incomodidad que hay en el monte. Y tres, porque no sabe usted lo que le molestaría a la parte que libertó Céspedes que le llamen "huestes", aunque sean triunfantes. Uno le llama "huestes" a un grupo de morenos y no creo yo que nazca después una bella amistad.
Creo que es el momento de repensarnos a nivel musical. Ya llevamos un siglo de moledera batallística, dejando que nos atropellen el cerebro al amanecer con cargas de caballería y un escándalo insoportable de cornetas toque usted a degüello. Eso, acabado de levantar, con la mucosa aturdida, enerva, y va creando, inconscientemente, un ñame con corbata irascible, un rebencú indómito que luego no sabe cómo prosperar conversando, negociando, intentando comprender al prójimo. De eso se ha aprovechado el de la foto en el tanque. Porque mire usted estos versos: "¡Del clarín escuchad el sonido,/ ¡¡a las armas!!, valientes, corred!", que le provocan al pinto de la paloma una subida de bilirrubina y graves inflamaciones del ganglio épico. En mis pocos largos años no he visto a nadie nunca correr tras clarín alguno, pero había que ver el molote que se armaba cuando la gente sentía la musiquita del camión de los helados.
Yo iba a proponerle una serie de temitas musicales que bien pudieran sustituir el suyo, y comenzar así una nueva etapa en la recuperación insular. Tengo entre las propuestas A la loma de Belén, pero eso recuerda insurrecciones y rebambarambas. También pensé en que el nuevo himno fuera un danzón, algo por el estilo de Si me pides el pescao te lo doy, mas, comprendo que no es el momento de tocarle las narices al pueblo con la alimentación. El que más se me ajusta al sentimiento nacional, con su carga exultante de vida y sabrosura es Vacilón, qué rico vacilón, que supone una amnesia voluntaria de los últimos 45 años. Ya veré. Posiblemente lo converse con otro músico, porque usted está muy implicado en la movida y no quiero dañarle más.
Entre la candela que le han dado a su compuesto, el fuego que le dieron al poblado y el olvido que le hemos bajado a su persona, ya tiene usted para un buen trozo de eternidad. Nadie sabe que gritó uno de sus versos cuando le iban a disparar el 17 de agosto de 1870. Lo agarraron por un chivatazo, enfermo, triste, presumo yo. Y su guarda espalda le quería tanto que no quiso matarlo, como había pedido. Y que, con los pies reventados pidió un transporte para ir a la muerte, y aquellos bárbaros se burlaron entregándole un burro. No sé qué se había hecho a esa altura su Pajarito. Pero dijo algo estremecedor con aquello de "No es la primera vez que un redentor monta en burro".
Dígamelo a mí. No sabe cuántos nos montamos demasiado tiempo en un caballo, sumidos en total desconcierto de cadenas, descubriendo que morir por la patria era, de todos modos, palmarla, apearse del tren, guardar la chancleta para que otros bailen.
Le abrazo para siempre, queriéndole con clarín y todo.
Ramón |